No sé en este momento cómo va el asunto de la madre jiennese condenada a pena de cárcel y alejamiento por haber abofeteado, hace tres años, a su hijo de doce que, por cierto, le había arrojado a ella previamente una zapatilla. Creo que la madre de El Puerto de Santa María que estuvo alejada por la misma causa tiene las cosas algo más claras ahora, aunque junto a la primera, los propios jueces han solicitado el indulto de la condenada y el fiscal del TSJA se ha mostrado propicio a él. La ley es la ley, ahí está de acuerdo todo el mundo, feudatarios como somos del apotegma romano “dura lex sed lex”. Nuestros ropones siguen fieles a Ulpiano en el ‘Digesto’: “Durum hoc est sed ita lex scripta est”, es duro, no cabe duda, pero así está escrito en la ley. Lo dice hasta el benigno juez Calatayud, que culpa con razón a los legisladores (él dice los ‘políticos’, con toda propiedad) del despropósito legal que obliga a imponer esas penas descabelladas. Recuerdo que Gluscksmann ironizaba sobre el viejo propósito expuesto por Niestzche en “Humano, demasiado humano”, aquel elogio de la bofetada (sic) como “estimulante de la memoria” y en consecuencia, como suavizador de las penas mayores: “Dad una bofetada a un niño y nunca volverá a cometer ese acto”, argumentaba el filósofo. Lo único claro en todo este disparate es que la ley debe rehuir mandatos inspirados en criterios de moda. En Inglaterra se discutía hace poco sobre la conveniencia de reintroducir con prudencia el viejo castigo corporal abolido hace nada y menos. Ya ven que la cosa no es tan fácil

El problema surge cuando el cachete famoso se convierte en acontecimiento filosófico, es decir, cuando deja de ser un incidente doméstico y venial para teñirse ideológicamente con tonos alarmantes. Niestzche era discreto en su receta: el castigo debía ser un simple medio mnemotécnico y, por tanto, moderado, algo que hoy rechaza el maximalismo de una ley improvisada y de una justicia mecánica capaz de romper la familia por mantener el fuero más que el huevo. Lo que no sé es cómo le irán las cosas a la madre sordomuda –¡y a su hijo, claro!—ni si finalmente conseguirá que se acepte la lógica de la reprensión imprescindible aunque sólo sea para evitar males mayores. No se castiga judicialmente a ese niño agresivo (el de la zapatilla), menos mal, pero bastante es, a mi juicio, que se sancione a una madre que lo que necesitaría es respaldo y ayuda social. Acampar en el ‘Digesto’ es más que un anacronismo. Hasta los jueces condenadores son conscientes de ello.

17 Comentarios

  1. Lleva mucha razón. Esta ha sido una iniquidad hecha en nombre de la ley estricta, de la letra de la ley, sin tener en cuenta en absoluto la realidad humana, una madre desbordada y sin ayuda en medio de un ambiente indisciplinado. Hace un buen servicio a la verdad agarrando este toro por los cuernos.

  2. No puedo estar más concorde con la columna y el primer comentario. El caso de la madre sordomuda (ignoraba que hubiera ocurrido otro en El Puerto) puso en evidencia a una Justicia mecánima, en efecto, desbordada ella a su vez por la evolcuión de las costumbres. Los paderes están solos, tan solos como los educadores y eso es malño para elos, pero spobre todo es malo para las nuevas generaciones, es decir, para la sociedad en su conjunto.

  3. Soy madre, y me parece tan disparatado todo este asunto, tan absurdo, que ni lo comento.
    Que un chaval le tire una zapatilla a su madre no me parece indicado, y ¿qué es eso de que la madre era sordomuda? Sinceramente no veo que diferencia hace que la madre sea sordomuda. No creo que los sordomudos peguen más a sus hijos que los padres “normales”.
    Besos a todos.

  4. Me repito, lo sé. El infante de tres años se empeña en meter una horquilla de su madre, o similar, en el enchufe, en un hueco del vídeo, en una ranura de la estufa, en el pequeño fallo de la silicona del cristal. La madre le explica pacientemente que es peligro, nene, caca, es malo, le retira la horquilla, pero el irresponsable tiene excesiva querencia por los pequeños orificios y por los instrumentos delgados. Su madre le ha tenido que guardar/esconder sus propias cucharillas, las pinzas de depilación, las agujas de punto, todo, en fin lo que pueda ser utilizado como ganzúa. Pero no duden que encontrará herramienta. Y orificios no protegidos. A la de quince que la madre lo ve hurgando, tras catorce recriminaciones, le da un mínimo, doliente sopapo, en la manecita que tantas veces ha besado. La tierna extremidad se enrojece y más del susto que de dolor el pequeño llora. ¿Qué hacemos, metemos a la señora en el maco? ¿Le retiramos la ‘matria’ potestad? ¿Llamamos a un reality a que cubra diez minutos de telebasura? ¿Estamos locos? ¿Sabemos lo que queremos? Paísss.

  5. Hombre, Epimorcilla, lo cuenta usted de una manera que parece que a la madre habría que darle la medalla de Job con distintivo dorado. La mayoría de los cachetes, soplamocos, azotes o bofetadas que dan padres y madre serán todo lo livianos que ustedes quieran, pero resultan de la pérdida de estribos. Cuando me presenten un caso de cachete dado more nietscheano, es decir, reflexiva y ponderadamente y con intención pedagógica, me lo pensaré. Entretanto considero inadecuados los castigos físicos. ¿La pena de prisión para la madre? Desproporcionada, desde luego. Una cosa no quita la otra.

  6. Entendamos la columna y su intención: no se trata de validar el castigo físico sino de entender que hay un mínimo de represión sin el cual el cachorro, humano o no, se saltaría todas las bardas. ¿Acaso no sabemos que incluso los bebés atraviesan una etapa de “desafío” a los padres y cuidadores? La Humanidad no ha hallado ningún otro medio (aquí sí incluyo a la prehumanidad, a los primates, junto a tantas especies). El toque está en administrarlo con la mesura que suelen los padres.

  7. Me fío mucho más de una madre que de los psicólogos o de los de “asuntos sociales”. Y no conozco a ninguna madre cruel que castigue con violencia innecesaria o desproporcionada a sus hijos. Ésta es otra desviación de la postmodernidad que a lo peor vamos a pagar cara.

  8. La sordomudez de la madre va subrayada en la columna como una circunstancia desdicjada más de esa madre indefnesa frente a la rebeldía de su hijo. Por cierto rebeldía pasajera, pues a estas alturas, cuando la quieren llevar a la cárcel de la que falta tanta gente, la familia ni se acuerda del incidente que un oficioso denunciador puso en conocimiento de la autoridad sin más ni más. Nadie admite hoy que se pegue a un niño: nadie en sus cabneles confundiría un sopapo pater/maternal con una agresión.

  9. La legislación es absurda y su aplicación insensata (algúnmargen ya tiene el juez para interpretar la norma, digo yo). Todo lo demás es dejar indefensa a la familia ante los previsibles plantes de la infancia y adolescencia.

  10. Es muy fácil pontificar sobre la educación blanda, pero no lo es tanto aplicarla cuando te encuentras como me encuentro yo sola con unos hijos y la responsabilidad de su conducta. ¿No se tiene en cuenta la superioridad moral y psicológica de los padres y educadores? Pues esto acabará en pura anarquía. En mi casa he dado muchos cachetes y mis hijos e hijas me adoran. Otra cosa es pegar a los hijos, así, dicho sea en frío, como hábito, cosa que níngún buen padre hace.

  11. Hay que repasar esas normas hasta conseguir que el respeto a los emnores sea compatible con las necesidades de su educación. Los menores no son responsables, como bien sabemos todos, en muchas ocasiones, y bastante caro estamos pagando ya el exceso de libertades que se le otorgan gratuitamente por la opinión y la ley. Nadie podrá jamás impedir que el padre o la madre contengan la irresponsabilidad del menor con una prudente sanción, que puede ser incluso discretamente vuolenta cuando no haya otra posibilidad. ¿O es que vamos a dejar que los niños hagan lo que les dé la gana envalentonados por el “teléfono del menor” con el quie los políticos se lucen y un puñado de amigos suyos se buscan la vida? Una cosa es proteger y otra rendirse. Bien miradop, es más fácil esto último que educar bien a muchos niños.

  12. No deja de sorprenderme la valentía que sigue existiendo pese a los esfuerzos denodados de los Estados (de quienes los gobiernan en particular) para quedarse con el monopolio exclusivo de la violencia, hasta el extremo de que incluso se oponen a suministrarla en su forma de “vacunas” preparadas a partir de formas no peligrosas del microorganismo patógeno: o sea del simple cate que se le da al niño para ayudarle a comprender las ventajas de la sumisión a los elementos culturales. Que luego se hagan un lío cuando alguien pega a un maltratador que está asesinado a una mujer (o sea, utilizando la violencia contra la violencia, como es lógico) parece ser lo de menos. Tal vez porque entrenan para pensar así.

    La violencia es algo natural, y no cultural. Mi canario, nacido este verano, me planta batalla cada vez que me acerco a su jaula. No le importa que yo pese 4.000 veces más que él y que encima esté enjaulado. Poco a poco, sin embargo, voy consiguiendo que su violencia se vaya convirtiendo en un juego (muy recomendable la lectura del ‘Homo ludens’, de Huizinga). O sea que lo voy aculturando sin necesidad de emascularlo.

    No desespero de que algún día se recupere el sentido común, y que no se condene a la cárcel a madres que corrigen a sus hijos con un cate cuando es necesario.

  13. Es lamentable que una sociedad se entretenga con estos embelecos mientras se desangra por cien heridas. Hay millares de menores que desaparecen –por no hablar más que de nuestra área–, que son maltratados en términos graves, que son víctimas de los propios sistemas de socialización (la educación, la tele…), y nadie se molesta en echarles una mano. Pero se pule el código de manera que brille el radicalismo con el que algunos pavos creen que se prestigian. Un poco mde sentido común bastaría, quiero creer, para reencauzar esta marea de idiocia. Si no es así prointo habrá que proteger a los padres de los hijos. ¡Qué digo pronto, YA!

  14. Me importa un rábano lo que dijera ese Nieche o como sea, porque de lo que se trata es de que a los niños no se les puede abusar, y menos una madre. Ustedes están contra la le ley por estar contra quien la hace. Se les ve el plumero.

  15. Comprendo a esa Madre Sola y me conmueve pensar en su situación, afortunadamente favorable. Hacer de una bofetada un problema debería estar reservado para las sociedades que previamente hubieran resuelto el gran y general problema de la violencia. ¿Qué sería de esta señora sin autoridad? Su ejemplo nos dice todo lko mcontrraio de lo que desde una beatería estúpida sugieren esas normas descabelladas que eprmiten enviar a prisión a una madre por un sopapo.

  16. Don Rafa, hay niños que piden a gritos que les des un cate porque así saben que los estás viendo. Yo los doy a adolescentes hasta en clase.
    Conozco a niños y adolescentes a quienes sus madres nunca dieron un bofetón porque les educó la abuela: ellas, las madres, estaban demasiado ocupadas en ganar dinero y luego gastarlo por ahí,…. Y de los padres ni rastro.
    Ignorar a un niño, no estar presente para él, es muchísimo más cruel que dar un tortazo, que se puede perfectamente dar sin perder los estribos, de forma perfectamente pedagogica. Lo único: se gana tiempo, y/o se evitan disgustos mayores.
    Besos a todos.

  17. mano dura a esta partida de sinvergüenzas que se escudan en su edad para acampar a sus anchas haciendo los que les da la gana y poniendo a prueba a diario a la sociedad y sus sistemas. un saludo Don Jose Antonio

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