Se fue Manuel Alcántara. En silencio. “Manera de silencio” tituló él un libro remoto, cuando uno se estrenaba en mera mocedad y él galleaba ya por los Madriles, aquellas madrugadas sin retorno, amanecer en las calenterías donde confabulaba la bohemia: Manolo, Félix Grande, el gran Claudio Rodríguez, Eladio Cabañero, Juanjo Cuadros…, tan ilustra golfemia literaria, las monedas contadas, listo el verso. Pero eso es el recuerdo, la nostalgia. Lo de ahora es la noticia, sin palabras –que traduzco sin voz en el mensaje fallido que me envía Rafa Porras–, la nueva telemática que informa, así, como quien no quiere la cosa, que Manuel se ha marchado  rumbo acaso a aquella edad feliz, a aquellas noches en que, al amanecer, ciegos de encanto, acechábamos el rastro de Ava Gardner o a las primeras luces despuntando allá por las afueras madrileñas, todavía barojianas, con sus ventas insomnes, dichosos y noctívagos, fijos ingenuamente en que la misa duraría hasta el otoño.

Fuimos a verlo hace poco y recitó conmigo a dos voces, entre sorbo y sorbo, los versos que Pérez Creus perpetró en su “Cabronario”, los ojos muy abiertos, vehemente en la dicción, como si reviviera en la memoria –“…esa sonora/ habitación cerrada a cal y canto…”–, el dry Martini temblándole en la mano: Javier, Rafa, Ignacio, Teo, ese nuevo Parnaso que lo conoció ya más que miteada la vida y tanto le ayudó en la otra media.

No sé, divago. Dicen que deja tras de sí miles de artículos, cientos de poemas, libros ardientes de la juventud y líricos sermones del adulto –¡Manolo el temperado, el gran silente, aquel profuso contador de inventos de su inmenso magín!–, pero no hablan de la desolación de la ginebra, la grave viudez en que ha dejado al elixir que le dio vida tanto tiempo. ¿Un pesimista? ¡Qué va! Un sabio estoico –“Ser hombre es la tarea que levanto/ y ésa es mi ocupación desoladora…”–, sereno ante el misterio –“Yo vine para ver oscuridades…”–, tranquilo ante esta muerte que alguna vez le confío a Caraballo que esperaba que fuera como “dormir y no despertar”.

Se fue Manuel Alcántara, el amigo, el maestro que murmuraba endecasílabos extasiado en su playa ante el vuelo sereno de las gaviotas, ebrio y clarividente, iluso y resignado, un hombre bueno. Nos fuimos todos un poco, o más bien nos quemados, se quedó con nosotros en sus ágiles versos, en su prosa certera, en el recuerdo vivo ya para siempre de su ejemplo señero en la memoria.

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