Tengo por norma eludir en este rincón, como sabe el lector, la refriega política. Alguien tiene que echarse a la espalda la tarea de mantenernos en contacto con lo que ocurre fuera, con los que piensan los filósofos, con lo que hallan los científicos, con cuanto en este complejísimo “mondo cane” pueda ofrecernos interés y, sobre todo, estímulo. No es verdad eso de que la política sea una tarea nobilísima: eso es un tópico sin más. La política consiste en la disputa del Poder, a dentelladas cuando a no a tiros, con votos o sin votos por medio, y la nuestra  no es una excepción aunque hayamos superado, en buena medida y en buena hora, la tentación y los retos de la violencia, que aunque no sea bastante, ciertamente no es poco. Mañana mismo deciden los andaluces si continuar con la hegemonía de un partido que llegó hace más de treinta años a la autonomía o probar suerte con otro que promete corregir en muchos aspectos esta situación, la verdad es que insostenible, y van a hacerlo sabiendo que en ese periodo tan cierto es que Andalucía ha cambiado por completo, como que continúa arrastrándose a la cola de nuestras comunidades, y tan cierto es que se han logrado avances sociales muy notables como que se han perpetrado desaciertos de difícil solución. Lo deseable sería que cada cual hiciera su balance en conciencia dejando al margen, en la medida de lo posible, la pulsión instintiva en que, paradójicamente, acaba convirtiéndose la reflexión ideológica, ideal no poco utópico, en especial a estas alturas del rifirrafe. En todo caso, el espectáculo diario de nuestra vida pública debería forzar a la conciencia ciudadana a optar por reclamar que, sea quien fuere el ganador, no se demore ni un instante su imprescindible moralización. Que una mayoría muy cualificada de andaluces –incluido un segmento revelador de votantes del PSOE—insista en las encuestas en que resulta necesario un cambio, no puede ser considerado como un hecho casual. Nadie resiste incólume en el Poder tantos años y tengo la sensación de que sobran argumentos, a estas alturas, para mantener ese axioma.

Mañana saldrá, en consecuencia, lo que tenga que salir, y el test valdrá no sólo para ubicar a los partidos en pugna sino para valorar el criterio cívico. El toque está en cuadrar el balance con tino, sopesando pros y contras, experiencia y expectativas, sin olvidar nuestra crítica situación y la urgencia de unas soluciones que hay que reconocer que hasta ahora no se han propuesto siquiera. “Yo soy mi mayoría y no siempre tomo mis decisiones por unanimidad”, decía Unamuno. Yo, mañana al menos, renunciaría a los juegos de palabras.

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