Hay mucha Edad Media tardía en esta mañana postmoderna en que la fragancia del romero y la juncia nos anuncian temprano la gran procesión. Las edades se suceden, ceden el sitio al periodo siguiente, pero ese renuevo va dejando un poso ligero e imperceptible en el inconsciente colectivo. Nuestras ciudades son esta mañana escenario para una representación mística cuyos actores han perdido ya la memoria del origen e ignoran, tal vez, que lo que representan no es más que la teatralización sacra de la idea organicista que veía en la sociedad un cuerpo a semejanza del humano, con sus miembros diferenciados pero presentes desde la cabeza a los pies, gremio a gremio, estamento a estamento, corporación a corporación, simbolizando las imprescindibles funciones de la vida. El ser humano es como el gallo sin cabeza, que sigue indiferente sus pasos, como los siguen estos cofrades agrupados tras su lábaro, fieles tras el estandarte que expresa la adhesión de los oficios a ese “ordo” natural e inmutable que mantiene en pie al conjunto social, junto a los estamentos civiles –el poder de los hombres—y, finalmente, junto a la Iglesia desplegada en sus decorativas jerarquías. El cortejo de Corpus es un retrato a escala de la “comunitas”, de la primitiva asociación de los hombres, y por eso –porque arranca de la baja Edad Media—conserva tanta ruralidad disimulada, como un anacronismo que la alfombra de yerbas olorosas se empeñan inútilmente en rescatarnos para el campo a los espectadores urbanitas. Pero cuánto efluvio, cuánto inconfundible perfume nos remite desde el inconsciente al paraíso perdido de de la ruralidad, cuánto lábaro, cuántas pluviales, cuantas mangas y cruces alzadas, cuánta vara de plata, cuánto patrono exaltado sobre las andas los mismo que el Rey con su orbe en la mano, cuánto sable desnudo y cuánta devoción popular, presagian bajo la calima la misteriosa presencia bajo palio del Origen y la Razón de todo, hipostasiados en una hostia de pan bendito y mudo. Hay mucha Edad Media en plena postmodernidad.

Toda esta teología obsoleta pero admirable trasmina con tenacidad el olor de lo antiguo que ya ni percibe la pituitaria de la civilidad ni respeta una muchedumbre que acaso presiente el misterio tras el significante olvidado, mientras se arracima en torno al rito misterioso que los tiempos han vaciado de sentido. ¡Mañana de Corpus, niños arrastrando con los pies el hierbal balsámico, canónigos morados, albas miríficas, mílites erizados de inútiles armas, chaqués  y uniformes de alcurnia, precediendo el palio o la custodia, “mysterium fascinans”. Los cirios y el incienso hacen el resto en el rito perdido que sólo conserva el formol de la rutina!

3 Comentarios

  1. Es verdad que los ritos, hasta blosm más grandes, se fosilizan y siguen funcionando automáticamente. Usted lo ha retratado en la imagen del gallo decapitado. Aparte de ello, muy buena su lección de historia. Cada día es más llamativo tropezarse con gente que sabe de qué habla.

  2. Somos animales ceremoniales, como demuestra el más primitivo ritual que se conserva: el funerario. Bien cierto lo de la Edad Media superviviente en el hondón de la conciencia que seguro que no entenderían sin enfado los desfilantes del cortejo.

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