Es duro empezar un año bajo el cenizo de que el nuevo va a ser peor que el que se fue, y eso es lo que nos ocurre en este momento a los ciudadanos que trajinamos con el euro, una moneda común puesta ahora por primera vez en entredicho hasta el punto de plantearse su supervivencia. Desde las balconadas oficiales se lanzan discursos en los que se incita a los sufridos usuarios de la moneda común a superar esa “crisis inaudita”, se nos asegura que sus monedas y  billetes han sido la argamasa que ha hecho posible la cohesión de esta entelequia contable que, desde el optimismos, llamamos Europa. Hay incluso voces cimarronas que proponen fundir esa moneda y volver a las tradicionales, remedio que, sin duda, resultaría hoy por hoy peor que la enfermedad, porque los que saben explican que sería una mala solución no sólo para el sistema financiero sino para la inmensa mayoría de los afectados y, muy en particular, para los más pobres. Lo dice brillantemente un comentarista europeo: ésa es la gran fuerza del neoliberalismo, la panacea del catecismo universal que, sobre los escombros del Muro de Berlín, logró dar el salto en los años 80: que salir de su lógica es mucho peor y más dañino que mantenerse dentro de ella. No se puede decir mejor con menos palabras, y la puerta que dejan entreabierta permite entrever que acaso en el futuro, no sabemos cuándo, que los efectos externos inducidos (es decir, las “externalidades”) podrían llegar a ser tan clamorosas que nos permitieran volver como un rebaño convencido a otros terrenos lógicos menos irracionales. Dicen ahora –¡vaya descubrimiento!—que los precios se han disparado al socaire de la nueva moneda, una unidad de medida que hoy sabemos que sigue sin ser dominada por una mayoría de usuarios. En mi barrio una caña de cerveza costaba 60 pesetas y en enero de 2002 pasó a valer un euro, es decir, más de 166 pesetas. Es lo que llaman “redondeo” y los Gobiernos –todos—lo han dejado correr como quien no quiere la cosa. A ver quién para ahora, en plena pendiente, esa bola de nieve.

Pueden decir misas en los cenáculos europeos (que no dejan de llevar razón, por supuesto) pero el caso es que hemos rematado el año en el nivel más bajo frente al yen y muy por debajo también del dólar. Y sin embargo, sabemos que volver a la peseta o al dracma sería un suicidio porque la jugada liberal ha resultado impecable. Nos han convencido de que esto es lo que hay y de que cualquier aspiración a algo mejor no deja de ser temeraria, y nosotros, con la faltriquera vacía, parece que estamos de acuerdo. El pobre maestro armero no va a dar abasto cuando empiece a revivir quejas por la derecha y por la izquierda.

4 Comentarios

  1. Gran acierto eso de que el liberalimso nos ha llevado a la aporía crítica: dentro de él se está mal, fuera, peor. Nos esperan unos meses polémicos porque no es esperable que un partido que lo ha perdido todo le pase ni una a otro que le ha ganado en todos los terrenos.

  2. Nos han convencido de aquellode “¡Que me quede como estoy!” No se le puede negar al liberalismo capitalista un gran talento.

  3. Buen año a todos, que lo vamos a necesitar, según todos los indicios. Confiemos en que el milagro alemán que se acaba de anunciar (bajada radical del paro) se repita en España. Por cierto, don ja, ¿nos daría noticias de su paisana la ministra de Trabajo, a la que le ha tocado lo que le ha tocado?

  4. Garan verdad dice Berlín: lo vamos a necesitar pero por no eso mismo voy a dejar de deseárselo a todos los habituales en este foro.Quizas alguno de nosotros consiga pasar a través de las gotas , como se dice en mi pais, es decir no mojarse cuando llueve. Todo es siempre posible…
    Un beso a todos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos requeridos están marcados *

limpiar formularioMostrar los comentarios de la entrada

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.