No va tampoco el AVE Málaga-Madrid. Ha acumulado retrasos de dos horas al tercer día, obligando a devolver el dinero a los usuarios, dejando por los suelos a los cortadores de cintas. Es verdad que la A92 se retrasó nada menos que diez años, pero lo de la ministra-terremoto pasa de todas las rayas imaginables, y las prisas no pueden justificar, desde luego, el descomunal fracaso sino rematar un cúmulo de imprevisiones e insolvencias. La oposición trata, como es lógico, de hacer leña de árbol por caer de la culpable teórica, pero la cuestión de fondo es otra mucho más grave: ¿cómo es posible saltarse los plazos por exigencia de la publicidad, a quién se le puede ocurrir arriesgar la seguridad de los viajeros con tal de cumplir unos plazos enteramente arbitrarios? Lo malo de estos supertrenes políticos no es que se retrasen o funcionen mal sino que, por falta de las imprescindibles comprobaciones, pudieran provocar una catástrofe. Las prisas de la ministra o de su jefe se comprenden. Su temeridad, no. 

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