Cuesta mirar las fotos que nos llegan de Haití. Cientos, miles de cadáveres apilados entre los que trajinan como funámbulos los improvisados sepultureros, el hombre desolado con el hijo muerto en los brazos, la noticia de que bajo los escombros resuenan las voces de los enterrados vivos pidiendo auxilio, el aguafuerte de la muchedumbre vagando sin norte en busca de alimentos, medicinas, agua, alguna imprevisible mano fraterna. Ni siquiera faltan los saqueadores como remate del desastre e imagen personificada del Mal. Las catástrofes son terribles en los países pobres, como es peor en ellos la enfermedad o cualquier otra desdicha, porque sus efectos, agravados por la miseria de sus infraestructuras, se potencian exponencialmente. No es comparable la tragedia de San Francisco, tan legendaria, con las sufridas en Nicaragua, Turquía o Haití, no sólo porque la fragilidad material propicie la ruina, sino porque su lejanía psíquica con el mundo que podría ayudarles impide la eficacia del socorro. ¿Qué puede esperarse que ocurra en un país instalado en la precariedad material pero en el que, además, el máximo responsable se pone a salvo nada más superar el susto del estruendo? Por lo visto, la ayuda que se empieza a enviar a ese país en ruinas ni siquiera puede atravesar las fronteras cerradas por el vecino y quienes tratan de ayudar en medio del caos no saben por dónde comenzar su tarea. El Mal es peor en casa del pobre, no cabe duda, la tragedia tiene ese comportamiento clasista válido para casi toda vicisitud maligna. En uno de los países más pobres del mundo, el seísmo no ha hecho sino confirmar esa desoladora conclusión que no es ideología sino evidencia.

Tanto como las imágenes terribles impresiona el estupor paralizante de los Gobiernos, que no saben por dónde empezar ni cómo romper ese círculo maldito. Cuando la tragedia asoló Nicaragua la ayuda internacional fue revendida sobre la marcha por el hijo del entonces dictador, de la misma manera que los sátrapas protegidos de África se apoderan de la ayuda enviada para paliar la desgracia de sus pueblos. Mal sobre Mal: no cabe duda de que la pobreza –¿alguien osa todavía en hablar de ‘desigualdad’?—se alía fatalmente con la hecatombe. Y pronto se olvidará lo sucedido, además, como se han olvidado las matanzas africanas o las devastadoras epidemias, como se ha neutralizado a base de estadísticas y burocracia el azote del sida, como nadie se acuerda de la realidad atroz del hambre, de la sed, de la enfermedad, de la esclavitud, del infame comercio de órganos, de la trata de blancos y de negros, de la infancia ultrajada. La vida sigue incluso al margen del apocalipsis. No es que Haití sea ahora un infierno; es que ya lo era.

4 Comentarios

  1. Una pena desgarradora, un sentimiento de impotencia, una rebeldía carecomiéndonos por dentro en relación con la indiferencia de la mayoría. Nos hemso acostumbrado a la dessgracia humana, lleva razón ja. Por mi parte, pienso que lo que a los cristianos toca en esta situación no es pasar el cepillo sino dar un gran paso adelante, desprendido, generoso, caritativo. Hay de donde sacarlo, nadie lo duda. Y por eso hay que exigirlo.

  2. Hasta hace poco conocíamos su existencia, su ubicación en el mapa, su pobreza -pero de la misma forma que sabemos que la mayoría de los finlandeses son rubios- y tal vez resaltaba el recuerdo ¿la anécdota? de Aristide, un tipo de esos iluminados, que se moja hasta las cachas por su gente. Sabemos que viajó a Europa, estudió en Italia, después en Canadá e Israel. Ná, un torpe, un desinformado, como veis. Aristide volvió a Haití en 1983 para ser ordenado sacerdote salesiano. Los salesianos lo expulsan por sus ideas revolucionarias, qué cosas hay que leer. (La Teología de la Liberación no es lo más edificante para los alumnos de sus colegios concertados en tantos sitios acomodados de occidente). Se convierte en un simple cura de un barrio pobre de la pobre capital del país pobre. Dice “barbaridades” -no olvidemos que Haití fue mucho tiempo el cortijo de ‘Papá Doc’ y luego de ‘Bebé Doc’- como: El imperialismo americano ha sustentado al gobierno de Haití. Las elecciones no son la salida, las elecciones son un modo de aquellos que están en el poder, para controlar al pueblo. La solución es la revolución, primero en el espíritu del Evangelio; Jesús no podía aceptar que el pueblo pase hambre(*). Es un conflicto entre clases, una vez más, entre ricos y pobres.

    (*) Todo el mundo se entera ahora que en Haití, el 80% de la super-población -es más pequeña en superficie que la provincia de Bdajoz- vive en pobreza extrema. El alimento principal son unas tortas de barro, sí han leído bien, de barro, amasadas con manteca y sal. El agua potable casi no existe.

    ¿Qué fue de la pandemia tenebrosa de la gripeA? ¿Cuánto van a poner las farmaceúticas en la ayuda a Haití?

    Plagiando al humorista, ‘cuando Dios aprieta, aprieta pero bien’. Para los demasiado bienpensantes, sustituyan Dios por la Naturaleza. Ya saben, cuando un bebé nace con una pierna más corta, la naturaleza le hace la otra un poco más larga. Para compensar.

  3. es denigrante el aprovechamiento a que se somete un estado cuando ocurre una catástrofe de estas características

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos requeridos están marcados *

limpiar formularioMostrar los comentarios de la entrada

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.