El enfrentamiento entre nuestros pescadores y las fuerzas del orden, que tuvo lugar el miércoles en Sevilla, deja un balance moral pésimo. Resulta imposible justificar la actitud violenta de los manifestantes, por más que se comprenda su desesperación económica, pero ahí ha faltado una voz que los avisara de que ese es un camino imposible. Por el otro lado, el Gobierno –que ha tratado mucho mejor a transportistas que pescadores y agricultores—debería distinguir entre firmeza y brutalidad, sin contar con que ha tenido todo el tiempo del mundo, no sólo para arbitrar medidas de alivio a esos sectores, sino para prever razonablemente el orden en estas inevitables manifestaciones. Esas tristes escenas no benefician a nadie y perjudican a todos, incluso si, en alguna medida, responde a la insolvencia de una Junta que,. Como única solución, vuelve a proponer por enésima vez la modernización del sector y demás zarandajas.

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