Por más filas que cierren o puños que aprieten, por más que reutilicen la manoseada teoría del rencor, el último “caso Chaves” tiene una gravedad indisimulable. Se trata, sencillamente, de uno de los sucesos de tráfico de influencia teñida de nepotismo más clamorosos de que haya memoria, y en absoluto se trata de acosar a Chaves por esa decisión de su gobierno, sino de que su gobierno y su partido traten de explicar lo que, a juicio, de la inmensa mayoría resultará, seguramente, inexplicable. No se pueden arreglar las leyes a medida como aquí se ha hecho, ni se debe consentir que quien negocie con una Administración sea hijo o deudo próximo de quien la preside. Eso va a misa se ponga como se ponga Chaves. Desde luego, si no fuera por la propia robustez del tinglado que dejó montado en Andalucía, éste sería el mayor escándalo mediático de la historia autonómica.

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