La novedad en el Congreso que la National Rifel Association estadounidense, la temible NRA de Charlton Heston, acaba de celebrar en Indianápolis ha sido un enorme cartel colgado sobre la fachada en el que aparecía una mujer armada, presumiblemente una decidida madre de familia si hemos de creer en el lema que ostentaba: “I’am an NRA mom”, eso es, “yo soy una mamá de la NRA”. Según los datos del propio Congreso uno de cada cuatro asistentes a él era una mujer, dato que confirma la leyenda de que la mujer yanqui ha sucumbido también a la tentación de las armas de fuego en un país donde según algunas fuentes oficiales se registran tres muertos y siete heridos de bala ¡cada hora!, casi noventa al día según otras versiones, incluyendo medio millar de niños y adolescentes. Revive, por lo visto, la polvorienta imagen de la madre coraje defendiendo rifle en ristra el rancho y la prole, sólo que ahora no aparece ya aislada y a merced de indios y bandidos en la soledad de los campos, sino instalada a todos los efectos en un medio urbano en el que, al menos en teoría, no debería caber ya el argumento de la ausencia de autoridad ni la excusa de que el miedo guarda la viña. Ha fracasado de plano la iniciativa del presidente Obama de endurecer las condiciones para la tenencia de armas –un derecho constitucional, no se olvide— que siguió como reacción a la matanza de Newtown, aunque haya que subrayar que, después de esa infausta fecha, se produjeran alrededor de cuatro mil homicidios, una cifra nada extraña si se considera que la muerte por arma de fuego supera en aquel país a cualquier otra causa de fallecimiento. Desde el New York Times se cifraba hace poco tiempo en 250 millones de armas las que en EEUU andan en manos de civiles. No es difícil entender que una industria tan poderosa tenga capacidad incluso para frustrar una iniciativa presidencial.

La incorporación de la mujer al consumo de armas se está produciendo incluso ante la evidencia estadística del alto riesgo que corre la hembra armada, y viene a completar el dislate que supone la propuesta –promovida por los “lobbies” de la NRA y apoyada por el sector más radical del “Tea Party”, por supuesto—de que se levante la prohibición de las armas de fuego en las escuelas y se permita en ella la presencia de vigilantes armados. De momento, el número de permisos concedidos en Indiana a mujeres se ha doblado en dos años. Nunca un arsenal tan enorme garantizó tanto el fracaso de la seguridad colectiva.

3 Comentarios

  1. No hace tanto escuchaba yo un gurú con muchos seguidores afirmar que en la cultura anglosajona, si encuentras a un extraño en tu domicilio -se supone que entrando por la fuerza- te asiste el derecho a pegarle cuatro tiros en cuanto se te ponga chulito. O a ti te lo parezca. Entre eso y que si por aquí ocurre lo mismo, al chulito tienes que hablarle de usted y procurar que no se haga un arañazo con el pico del aparador -porque entonces tienes todas las de perder- tiene que haber un punto medio.

  2. Ese es un problema que no resulta fácil simplificar, un problema ligado a las capas más profundas de la mentalidad americana, para la cual la autodefensa –es decir el derecho a portar armas– fue desde sus orígenes algo esencial, “constitucional”. No podemos juzgar como europeos, al menos de momento, porque mucho me temo que todo se andará.

  3. La tesis de don EPI, muy repetida, me parece que no es del todo ajustada. El derecho a la defensa propia está claro en la ley –¿no es verdad señor Ropón?– aunque eso no quiere decir que el umbral del domicilio sea el límite a partir del cual el titular es soberano y señor de vida y muerte. En España ha habido casos de muertes en defensa propia en que los matadores han sido absueltos. Otros, no.

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