El reloj que ha lucido Nadal en el último Roland Garros, y que desapareció en la habitación de su hotel, ha sido recuperado por la policía francesa que, en un pis pas, arrancó la confesión a un camarero infiel. Estaba en un escondite próximo al domicilio del ratero, que aguardaba a que amainara la tormenta desatada para recuperarlo. El reloj no era de Nadal, por supuesto, sino de la casa Richard Mille, que se lo había prestado a efectos propagandísticos para que lo luciera en sus encuentros, hay que suponer que a cambio de algún sustancioso estipendio, como es habitual hoy en el negocio publicitario. Valía, o mejor, costaba –el reloj—300.000 euros, es decir, para entendernos como viejos compradores de relojes que somos el que más y el que menos, cincuenta millones de las viejas pesetas, y no me digan que llevar en la muñeca esa fortuna no es un contradiós, se mire por donde se mire, en un paisaje, como el europeo, que anda pegado a la pared, tieso y desconcertado, con su infraescolta de excluidos sociales, “homeless”, parados de larga duración, pensionistas que viven de milagro y niños hambrientos que a duras penas logran sobrevivir rebuscando entre desechos o quitándose el hambre en las colas de los comedores públicos. Nadal no tiene, como es lógico, ni pizca de culpa en este desafuero y hace muy bien, si le conviene, en cobrar esos extras que las marcas ofrecen a los famosos. Lo cuestionable es el reloj mismo, el escándalo deplorable que el lujo supone en medio de la necesidad, la obviedad de que si, en medio de esta crisis que trae de cabeza a un continente y parte de otro, existen esas joyas prohibitivas es porque hay quien las compre, es decir, porque el reverso de la crisis no es otro que la opulencia: el lujo no tiene sentido sin la emulación ni prosperaría sin la desigualdad. El reloj de Nadal vale lo que vale, no tanto porque haya quien puede pagarlo, sino por el infinito cortejo que no podría.

Con un pie en el marxismo y el otro entre los nazis, Werner Sombart sostuvo en “Lujo y capitalismo” que, contra la propuesta de Max Weber, no fue la ética de la austeridad y el espíritu de trabajo lo que produjo la economía de mercado, sino la aparición y el triunfo de la lujuria y del lujo de los que él hacía responsables a los judíos, a los burgueses y a las mujeres. Dudo que Nadal haya leído a Sombart e incluso que su esponsor tenga noticia de esa doctrina, pero ahí está el hecho –un reloj suntuario en el mercado—desafiando provocadoramente a la legión de víctimas de la crisis. Nuestro héroe se ha limitado a hacer de peón de lujo en ese ajedrez canalla en el acaso se esté jugando, sin saberlo, nada menos que la civilización.

4 Comentarios

  1. ¿Por qué no acaba de explicar (se lo he leído y escuchado en la radio) ese de la “crisis de civilización”? Estoy seguro de su interés.

  2. Sombart se equivocaba de una manera admirable, pero dijo verdades como catedrales. Sobre el lujo nunca debieron de desaparecer las viejas leyes limitativas.

  3. El lujo en medio de la pobreza es un escándalo, aunque en realidad siempre lo es. “Sapiens”, como usted gusta decir, es un hombre exhibicionista y cifra su éxito en su exhibición. Me parece injusto el punto de vista de Sombart de apuntar a las mujeres, porque no comprende que la exhibición es diferente en cada ghénero, pero exhibició en fin de cuentas.

  4. Usted mismo ha comentado aquí hace poco que el mercado del lujo atraviesa un momento dulce, ¿no es así? El lujo es inseparable de la mentalidaddelos partidarios de la sociedad desigual. Durante años ha habido colecgios que,conscuientes de ello, imponían uniformes iguales a sus alumnos. ¿Habrá que volver a esa “militarización” blanda?

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