Es probable que el lector viera  días atrás en este mismo diario la información –por completo verídica, como hubiera dicho Gandía– del desvío a Burdeos del vuelo EZY8176 en el que la compañía EasyJet transportaba desde Sevilla a Londres a una confiada parroquia vacacional. También lo es que, a renglón seguido, viera el informe rosa en que la  aerolínea negaba la mayor resumiendo que lo ocurrido no fue más que un desvío, sí, pero determinado exclusivamente por precaución y debido a un problema técnico, que el piloto resolvió finalmente con “un aterrizaje rutinario de acuerdo con los procedimientos estándar” y tras el que los “ingenieros” investigaron el avión al tiempo que la asustada grey desembarcaba y recibía un generoso “vale de refrescos”.

Vean lo que de lo que es capaz la eufemística empresarial y compárenlo con el espectáculo real, a saber, el vivido por un sufrido pasaje petrificado cuando ve que en lugar de desembarcar en su destino todavía lejano lo hace en un país distinto y en una pista en la que la presencia masiva de bomberos, lejos de tranquilizar, verificaba el rumor sin confirmar de que el aterrizaje resultaba forzoso a causa de que en  cabina se había declarado un incendio. ¿Qué hubiera pensado usted, amable lector, si acongojonado por esa inquietante visión llega a ver como, mientras el capitán salía a los medios para explicar el incidente en una larga perorata –en inglés, por descontado, y como si los huéspedes no fueran mayoritariamente españoles—,  varios agitados bomberos –huy, perdón, quizá “ingenieros”— provistos de caso, mascarilla y detector de humos registraban de cabo a rabo y sin contemplaciones el aparato? No me lo digan, porque lo imagino, pero todavía debo aclararles que el munífico “vale para refrescos” resulto serlo de 4’5 euros y fue rechazado con desdén por un personal crecientemente cabreado que, con su equipaje a cuestas, debió ir por sus propios medios a otra lejana terminal donde aún tardaría en llegar desde París el socorro improvisado por EasyJet.

¡Ah, el “low cost”! Nadie en sus cabales dudará del grave impacto social provocado por el viaje barato y la ventaja cultural que ello supone para el cosmopolitismo rampante, pero a nadie escapa tampoco que su negocio está convirtiendo el viaje romántico en un trámite gregario en cuyo régimen los derechos del viajero, como su “trolley cabina”, a duras penas caben en el medidor de equipaje.

Ni se imaginan el canguelo a la hora de reembarcar en Burdeos y menos el sonoro suspiro colectivo con que, en medio de la ovación nerviosa, celebró el pasaje la llegada a Gatwick el día de marras y ¡con cinco horas de retraso! ¡Un “aterrizaje rutinario!, dice el patrón.  Quién no se haya visto atrapado en un avión con bomberos enmascarados husmeando como sabuesos puede que no imagine siquiera lo que se siente ante el cinismo eufemístico de unas excusas empresariales que tratan de minimizar el razonable sentimiento dramático con un par de fórmulas de manual.

 

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