No todo el mundo yace abrumado en Europa ni en América por la crisis. Allá ha dado que hablar semanas atrás esa feria neoyorkina del lujo en la que el objeto más barato expuesto a los compradores superaba el salario anual medio de un trabajador indígena. Acá no hay manera de limitar las fabulosas ganancias de los ejecutivos, esos primeros espadas del negocio que se ponen a sí mismos sueldos y condiciones de trabajo (como los políticos) –Dios les conserve la bicoca– mientras hacia abajo fuerzan las tuercas con progresivo rigor. En el fútbol, por ejemplo, parecía que había amainado la locura galáctica pero ahí tienen a un Beckham que, a pesar de su edad y del problemático estado de sus rodillas, acaba de firmar con el Paris Saint-Germain por dieciocho meses a razón de 4’3 millones de euros al año que pudieran aumentar, si todo va bien en la cosa de la imagen y el “merchandising”, que es de lo que se trata, hasta los 17 kilos contantes y sonantes. Bekham será el jugador mejor pagado del Championat, pero su pastón queda todavía lejos de los 24 y 31 millones anuales que, según la prensa europea, cobran nuestros Messi y Ronaldo, no sólo (o no tanto) por lo que hacen en la cancha sino por lo que afanan en el mercado de las camisetas, los chándales y la publicidad, por no hablar de los beneficios derivados de los derechos televisivos. Ignoro, desde luego, cuánto van a cobrar como ministros Luis de Guindos o Montoro en esta final a cara de perro que van a jugar contra viento y marea, pero no creo que estuviera de más por su parte algún gesto limitador de semejantes barbaridades. El fútbol no es ya un deporte, como se dice y repite, sino un negocio de colosales proporciones que por ahí llaman ya “foot business” con toda la razón del mundo.

Paul Veyne ha contado alguna vez como los ciudadanos romanos masticaban encantados su hambre canina viendo competir en el circo a unos mimados gladiadores que ganaban fortunas en caso de sobrevivir. Hoy nos haría falta un Veyne que echara una ojeada a esos estadios ululantes donde rompe cada domingo la marea de la sublimación colectiva, pero sobre todo nos vendría al pelo que los ministros que acaban de estrenarse repensaran una situación que ya sé que tiene sus ventajas, pero que no deja de constituir un escándalo mayúsculo en medio de la peor crisis de nuestra historia. Cuentan que Ingmar Bergman se piró de Suecia cuando los del Fisco pretendían sisarle por encima del 70 por ciento de sus ganancias. Lo comprendo, cómo no, pero admiro a esa democracia bajo cero que no se corta un pelo a la hora de aplicar la escalilla fiscal.

5 Comentarios

  1. Me extraña que usted no vea en esto mmás que una anécdota o un hecho que “convendría” corregir, cuando se trata en realidad de un abuso y un escándalo en una sociedad empobrecida. Comprendo que la solución no está en su mano y que bastante ahce con enfrenatrse a lo que en general se calla silenciosamente.

  2. No estoy de acuerdo, jefe. Esos emolumnetos son consecuencias de lo que “producen” las “figuras”, como usted cice muy bien no sólo sobre el terreno de juego sino en los mercados. El0 Madrid gana más vendiendio camisetas en China que ganado sus partidos. Eso es lo que hay. Felicitaciones por la expresión “foot business”.

  3. Es verdad eso de que “producen” mucho negocio, pero mayores logros aportan los neurocirijanos o los físicos nucleares y los tenemos a oan y cebolla. Es un escándalo verdaderamente ese “foot bussines”.

  4. El Mercado es el Marcado, ¿no habiamos quedado en eso? Pues a joderse toca y a envidiar a los Bekham y compañía.

  5. ¿Acaso hubo alguna vez una crisis en la que una minoría no se enriqueciera? El fútbol es juna industria que tiene garantizada la demanda, ocurra lo que que ocurra, pero ojo porque lo mismo estña pasando ya con el baloncesto al menos en el caso de sus figuras máximas. Creo que Marc Gasol acaba de firmar un contrato comparable al de Ronaldo. Teniendo en cuenta que los estadios son mucho más capaces habrá que conlcuir que es la tele lo que ha potenciado esa industria hasta permitirle pagar las fortunas de que hoy hablamos.

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