Tremendo, desconsolador el informe de la Fiscalía del Estado, difundido por el del Defensor del Pueblo, sobre el maltrato infligido por los jóvenes a sus padres y parejas. Una cifra intolerable de menores violentos –más de uno diario—dejan en evidencia las estrategias desdramatizadotas en que los poderes públicos, aparte de su alivio coyuntural, suelen encontrar una coartada para conjurar problemas de no fácil solución. En la casa, en las relaciones, en la escuela o el instituto, en la calle si se tercia, crece la violencia juvenil y seguimos no sólo sin ser capaces de atajarlas con medidas razonables, sino contribuyendo más o menos deliberadamente a mantenerla o fomentarla disimulando la problemática de una cultura que se nos ha ido de las manos. El Defensor clama –¿en el desierto?—contra la incapacidad administrativa (o sea, política), contra la debilidad familiar, contra la ausencia de políticas de prevención y hasta contra concesiones absurdas tan lesivas como la de los “botellódromos”. No le han de hacer ni caso, ya lo verán. 

1 Comentario

  1. Es lamentable que los padres de esta generación de aprendices de maltratador, de incipientes delincuentes sin sentido de la culpa hayamos permitido hacer creer a estas bestezuelas que el universo ha sido creado para justificar que ellos estén ahora aquí. Asumamos la responsabilidad que tenemos

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