Cada día nos desayunamos con la noticia de un concejal electo que dimite defraudado. Esa tropa se presenta, por lo visto, aupada sobre la ambición del poder y no concibe siquiera la política como servicio público, el sacrificio que parece obligado en quien acaba de pedirle el voto a los ciudadanos alegando su vocación de representarlos con todas sus consecuencias. Y lo peor es que si se le echa un vistazo a sus curriculos no se ve en la mayoría de los casos nada que supere la medianía más modesta, lo que quiere decir que esta clase política sobrevenida y consecuencia de la partitocracia es el oficio que cobra más con menos méritos y, encima, se cabrea y coge las de Villadiego si no le dejan el primer sillón. Jovencitos sin oficio ni dedicación conocido, parados sin mejor perspectiva, titulados medios y más chicos, gente corriente y encumbrada a la que se le queda chica el acta si no le dan, además, la vara y, ni que decir tiene, un sueldo que jamás cobraron antes de llegar a la política ni cobrarán nunca el día que se vayan de ella.

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