La actualidad onubense es, si bien se mira, una balsa de aceite. No hay grandes ni medianos problemas en el ambiente, habiendo tantos en el zurrón, no se debaten grandes asuntos que interesen a la ciudad. En su lugar se habla y porfía de cuestiones menores, qué sé yo, la posible marcha del estupendo Marcelino, el entrenador del casi euroRecre, la polémica fratricida entre Fernández Jurado, con tanta naftalina en lo alto, sobre la oportunidad o inoportunidad de los pregones de uno de ellos, a saga fuga de la concejala amortizada del PP y sus inseparables amigas de la cofradía tránsfuga, que hasta celebran indecorosas ‘cumbres’ y mesas redondas… Huelva va tirando con el ‘qué dicen’ y el ‘qué dirán’, como si todo lo tuviera resuelto, como si no fuera escandaloso el trampeo partidista con que se le regatea el AVE o el aeropuerto, los desdobles de carreteras o los refuerzos policiales. Los pequeños problemas y las grandes miserias nos ocupan y entretienen. Hay situaciones peores, por supuesto, pero a Huelva le vendría bien sacudirse ésta en la que dormita.

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