Los partidos políticos, como las señoras en las antiguas “urbanidades”, deben gozar de prioridad a cualquier efecto. El Parlamento, mismamente, es decir, la representación del Pueblo que ellos mismos ostentan en virtud de esa ventajosa hipóstasis que confieren las elecciones, debe ir tras sus huellas y sin prisas, sin perder el paso del desfile, limitado ni más ni menos que a refrendar, a ratificar o a aplaudir lo que ellos decidan. Ésta es la práctica desde siempre y también, desde ahora, la teoría, según la ha enunciado en la Cámara autonomica el portavoz del PSOE, Manuel Gracia, a propósito de la propuesta de evaluar la llamada “deuda histórica”, cuyo montante estaba tan claro cuando gobernaba el PP y ahora ni siquiera sabemos cuándo será el momento de establecerlo. Que los partidos muñan; tiempo tendrá luego el Parlamento de poner debajo el visto bueno y echarle el garabato a la componenda tramada fuera de él. Ya ni disimulan la realidad de la partitocracia que ha fagocitado al régimen democrático genuino. Los partidos, primero. Detrás de ello, lo que fuere menester, siempre que no estorbe sus innegociables intereses.

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