La prolongada tragedia del rescate de Totalán –¡trece días de tensión e insomnio!– nos deja patente un raro balance en el que, junto al conmovedor espectáculo de la solidaridad, tendríamos que reconocer algunas tristes sombras. No hay sorpresa alguna en la explosión emotiva que ha dignificado a tanta gente, como no es noticia la discretísima modestia de quienes se han jugado la vida abnegadamente en el audaz operativo, esos mineros heroicos que, junto a los guardias civiles, rechazaban incluso la cordial despedida de un gentío emocionado ante tanta grandeza de ánimo. Todo en la hazaña de Totalán ha resultado magnífico, en fin de cuentas, desde la masiva movilización cívica hasta el tacto con que la autoridad ha ido marcando los tiempos. La hondura del sentimiento se entrevé luminosa en estas tremendas ocasiones que ofrecen a la Humanidad la ocasión de dignificarse.
Hay también, sin embargo, sombras sobre esta odisea. La que ofrece, en las llamadas “redes sociales”, junto al espectáculo de esa dignidad comunitaria, la hiel de unas inconcebibles leyendas morbosas que, finalmente, se han demostrado por completo infundadas, pero que han torturado amargamente a sus víctimas en el potro de los rumores más viles. Por otro lado, ahí está la escena bufa de los “espontáneos” atraídos por el foco televisivo –ya se ha preguntado en estas páginas, por ejemplo, qué porras pintaba el ya inevitable padre de Mariluz (la niña asesinada hace años en Huelva) ejerciendo de maestro de ceremonia en el trágico plató— en contraste con la prudente sensatez de los protagonistas reales de la tragedia.

Y aún queda algo que decir sobre el exceso novelero de tanta gente conmovida ante la desoladora suerte del niño Julen, pero a la que no se ha visto ni oído durante demasiados años lamentar el infortunio que supone la muerte de tantos cientos de niños inmigrantes ahogados en el mar, cuyo recuerdo solemos exorcizar en la breve liturgia del telediario. Es infinita la desdicha de Julen, quién puede dudarlo, pero ¿cómo se explica esta ola de misericordia recorriendo la misma conciencia colectiva que tan breve y acomodadamente liquida la otra catástrofe un día sí y otro también? ¿Acaso es que aquellos niños (con triste frecuencia bebés) no son “nuestros” y que esos padres desolados nos quedan demasiado lejos? No, es más sencillo: es que la catástrofe inmigrante no es visible y, en consecuencia, no constituye espectáculo: no hay cámaras en la noche marina, ni siquiera hay autoridades vigilantes en ese otro pozo abisal. Nunca hemos visto al padre de Mariluz en la costa montándole una “vigilia” a esa invisible familia lejana. Ni a la autoridad, todo hay que decirlo. Son cosas incómodas en las que me parece a mí que no está de más pararse a pensar.

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