Unos jueces van a la huelga en demanda de mejoras públicas, algún otro se va de montería con el tirolés calado como un morrión casi sin quitarse la toga de perseguir adversarios; el ministro del ramo se postula como “descastador” de cotos exclusivos o caza de válvula en fincas públicas; la policía judicial compadrea con los juzgadores; los secretarios controlan a los jueces por orden superior; imputados por falsificar facturas o pagar obras inexistentes se defienden alegando ignorancia o acusando al rival de haber hecho lo propio dando lugar a que el jurado –un sínodo lego—les de una lección morrocotuda de sentido común; los padres de las víctimas actúan como promotores de las reformas que se les niegan a los expertos. La Justicia tiene los ojos vendados y no es probable que le quiten la venda los mismos que se la pusieron.

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