En esta sociedad que ha conseguido convertir la maldición del trabajo en objeto de deseo ha surgido de pronto la evidencia clamorosa de la nueva esclavitud. Casos como los registrados en el gigante francés France Telecoms, cuya plantilla de 120.000 empleados registra ya 32 suicidios de trabajadores en un par de años, han encendido las perezosas, acaso conniventes, alarmas de un sistema de explotación modernizado que ha descubierto las enormes ventajas de relación  laboral que le proporciona la crisis generalizada del desempleo. Esta semana el ministerio francés que dirige Xavier Darcos ha estrenado su estratagema de publicar en Internet la lista de empresas clasificadas en orden a su actitud frente a la humanización del trabajo y ha bastado un solo día para que, tras un millón doscientas mil visitas a la página, las denunciadas se precipitaran a ofrecer oficialmente su mejor disposición para estudiar el problema en busca de soluciones razonables. Nadie se atreve a culpabilizar al sistema laboral de esas muertes que las empresas, como es natural, tratan desesperadamente de desligar de los motivos laborales, pero aquí y allá se levantan voces, en especial desde la sociología del trabajo, tanteando la idea de que la grave crisis –32 suicidios no es lógico que obedezcan a razones íntimas—no es sino la consecuencia de un sistema de explotación que exprime cada vez con mayor sutilidad al operario, no ya por medio de la presión directa, sino enfrentándolo consigo mismo en tanto que responsable de una exigencia de productividad que, en muchos casos, logran que la labor trascienda el ámbito laboral para invadir el espacio íntimo del trabajador. Sólo y desprotegido, el nuevo “homo laborans” no encuentra en su centro más que exigencia y en los sindicatos más que burocracia, circunstancia malhadada que bifurca la conducta entre el fraude lafarguiano  del perezoso y el estrés que conduce a la desesperación del obseso. 32 suicidios son demasiados suicidios. Responden a las “monstruosas explotaciones” entrevistas por Rimbaud. La poesía sobrevive al movimiento obrero.

 

La astucia de la razón económica ha creado una nueva esclavitud respecto a la que esos tristes  suicidios son apenas un eco débil del rescoldo espartaquista y lo ha hecho, además, con la complicidad de sus teóricos adversarios, trasladando el conflicto a la propia conciencia ¡agradecida! de quien ha llegado a ver en el trabajo un privilegio superior incluso a la razón de vida. André Gorz, Pierre Naville, sobre las huellas lejanas del catecismo obrerista, lo avisaron en los felices 60. Hoy la utopía, abandonada de todos, consagra desesperada el camino de la morgue.

3 Comentarios

  1. Segundo comentario de ja sobre el tema F. Telecom y sus suicidios. Interesante la idea de que el Sistema nos ha hecho “servidores voluntarios”, que el paro ha conseguido el deseo del trabajo. Es un triunfo del Sisema pero queda a la vista que éste no se conforma.

  2. Efectivamente, las generaciones venideras podrán escoger entre morirse de hambre y de asco por falta de trabajo o de hambre y desesperación por acoso en el trabajo, ante los ojos indiferentes de políticos – sean socialistas o no – y de sindicalistas. Como somos demasiado esto va para rato. Quizás sea el nuevo modo de regulación: “podrás vivir , pero malamente y no te quejes. Si no te gusta otro tomará tu puesto”.

    Los esclavos tenían más suerte : el amo los compraba y si la palmaban el amo se empobrecía. Hoy la empresa no tiene ese problema.El RDP descuelga el teléfono y pide que le manden a otro…A lo mejor y todo a la empresa le sale más barato pues al recién llegado le pagarán menos que al veterano.
    Un beso a todos.

  3. Amarga su ironía, mi doña. Pero cruda y real como una patata recién sacada de la tierra. El mercado de trabajo ha evolucionado de forma tan veloz que para mí es un símbolo más de nuestra carrera hacia el cataclismo.

    Si hasta ayer era un problema de determinados paises, hoy gracias (?) a la globalización, es un problema universal. Las grandes empresas, esas que nos venden la burra de sus filantrópicas fundaciones, mercadean con sus esclavos sin correr el riesgo de que se les afixien en las bodegas del barco. Con el teletrabajo, las encuestadoras, las telecos, nos echan el teléfono desde países donde los sueldos pueden ser tres o más veces más bajos. La opción está bien clara: ¿por qué le voy a pagar 800€ al mes a un toledano si ese trabajo me lo hace una tunecina por 180, si además trabaja cuatro horas más diarias?

    Lo dicho, esperemos que la debacle final nos pille ya criando malvas y rododendros.

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