A la campaña de acoso concertada contra el Rey emérito prejuzgado sin juicio como mangante de Estado, ha venido a sumarse la dirigida contra el-expresidente González convicto, también sumariamente, nada menos que de terrrorista. Lo curioso es que ambas campañas son promovidas no por moralistas rigurosos sino por los cómplices actuales de otros terrorismos entre los que tampoco faltan defraudadores fiscales ni biempagados tiralevitas de diversas dictaduras, sazonados todos ellos en la olla podrida del sanchismo. Nadie se engañe: ni aquellos buscan enjuiciar al rey que reinó ni los otros persiguen a un presunto terrorista de Estado sino que buscan, respectivamente, derribar la monarquía (es decir, la Constitución vigente) y legitimarse suplantando a la generación a cuya sombra han vivido una apacible juventud sin sobresaltos.
El ocaso del bipartidismo que nos sacó de la antigua sima dejó tras de sí un vacío en seguida ocupado por una nueva generación obsesionada por aquella suplantación. Tan obvio es, a estas alturas, que los exitosos recién llegados presentan un perfil incomparablemente inferior al de sus predecesores, como inexplicable resulta el hecho mismo de esa avasalladora hegemonía que no se entendería fuera de un contexto internacional ocupado hoy por el espejismo populista y que está siendo capaz de sobrevivir incluso a los fracasos.
¿Qué podría explicar si no la elástica  alianza entre una socialdemocracia de recuelo con el batiburrillo que supone la suma del separatismo, la ralea de ETA y la estrategia logrera de la buguesía vasca? Pues nada, pero está claro que la precariedad de esa amalgama permite que sus beneficiarios se sientan incómodos ante la mera proyección moral y política de una generación previa que cuenta, mal que les pese, con un prestigio interior y exterior sólo comparable con el maltrecho pergeño de los nuevos. No otra es la razón de esta alocada estampida de “regeneración” patrocinada por un elenco mediocre cuando no insolvente. Habría que haber visto a esta panda plantada frente a las ruinas del franquismo como se vieron –más allá y más acá de sus aciertos políticos y de sus fracasos morales– las figuras jubiladas que ella persigue ahora con el mismo encono con que ignora o absuelve a lo más granado de la infamia. La peor clase politica de nuestra crónica democrática pretende superar, moralizándola, a la que hizo posible, entre otros logros, su propia presencia en nuestra vida pública. Mirando sólo por un ojo, como caballo de picador, y la jáquima sujeta quién sabe por qué mano. Desde su empíreo, Freud debe de contemplar con ironía este dudoso avatar entre el tótem y el tabú.

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