La escaramuza –porque pasará, ya lo verán—sobre la recuperación de la memoria vindicativa no es exclusiva de España. Sabemos que en Francia y en Alemania también se han intentado movimientos similares, cerrados con mayor o menor celeridad en cuanto se le vieron las orejas al lobo. Se buscan, por lo general, culpables ya desaparecidos, una generación extinta a la que se achacan, con razón, los crímenes más graves. Pero hay también otra memoria que reconstruir y es la de los sancionados tras las respectivas liberaciones por razones menos sangrantes, aquellos ‘colaboracionistas’ en su mayoría que prestaron su ayuda al régimen opresor. Un libro de Anne Simonin (“Le Déshonneur dans la République”, Grasset) acaba de acometer la interesante tarea de revisar en Francia los procesos, no de los traidores formalmente acusados o castigados en su día, sino de la vasta ola (unos 100.000 afectados, quizá más), de franceses que fueron juzgados por colaboraciones menores pero susceptibles de ser encuadradas en la dura calificación de “indignidad nacional”, que los condenó, en muchos casos de por vida, a una auténtica muerte cívica. Se trataba, según parece deducirse, de salvar el inconveniente que significaba la masiva colaboración, si no adhesión franca, de demasiados ciudadanos a la causa de Vichy y el general Pétain, aunque sólo fuera de aquellos que habían actuado libremente contra la unidad de acción y los derechos elementales de los franceses, causas que se vieron en el dudoso ambiente de las llamadas “cámaras cívicas” sin duda en la lejana estela del viejo concepto revolucionario de la “lesa nación” definido en la gran Revolución y exacerbado por el Terror. Cien mil franceses se vieron condenados de por vida al sinvivir de una muerte civil y Anne Simonin se acerca a esa tragedia con tacto compasivo. Pocas veces es fácil juzgar fuera del contexto. Casi nunca usando tipificaciones ambiguas.

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Aquí hemos conocido todos, durante la dictadura, muchos “muertos civiles”, funcionarios desplazados y rebajados en sus categorías cuando no degradados, zombis discretos que han arrastrado su existencia bajo la mirada atenta del vecino, definitivamente derrotados, por lo general, por un baldón indeleble. Como ahora se pretende quemar en efigie a otros muchos que no es que no merezcan una sanción patria, sino que no parece justo encomendar el procedimiento –desvaídas ya las pruebas, muertos los testigos en su inmensa mayoría– a manos inexpertas o apasionadas. Simonin estudia el caso de los intelectuales de su país, perseguidos seguramente con una saña excesiva mientras otros eran objeto de latría y hasta el país caía en manos de un genio como Mitterand que había vivido con dos caras los malos tiempos como todo el mundo sabe ya afortunadamente. Hace poco, un crítico se tentaba la ropa ante el rumor de que Jean Moulin, el héroe mítico de la Resistencia, fuera…, bueno, cualquier cosa menos lo que cuentan que fue. Y se explica el temor, porque la memoria es objeto de una ciencia conjetural que es la Historia y, en consecuencia, su manejo ha de llevarse a cabo con tacto y mesura, y siempre por profesionales probados, nunca por aficionados entusiastas de una causa o de la otra. La autora teme que investigaciones de esta naturaleza se funden en conceptos que acaban revelándose como un útil inflexible y rígido para nada garantizador de la equidad y menos todavía de una Justicia absoluta. Habría que enterrar con decencia a los muertos, por supuesto, y ya de paso cubrir con tierra de olvido ese siglo XX terrible que casi ningún país ha olvidado del todo pero que va quedando ya inalcanzablemente lejano. Con el delito de “lesa nación” tuvo el verdugo sobrado trabajo, tantas veces injusto. La muerte civil resulta menos súbita pero no deja de implicar una paraexistencia no pocas veces digna de compasión.

1 Comentario

  1. agua pasada no mueve molinos, lo pasado pasado esta, que le den carpetazo a este aburrido asunto de una vez y pasen al proximo capitulo que tienen pendiente como pudiera ser justicia, desempleo por citar solo algunos ejemplos. un saludo don jose antonio

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