Parece claro que, en medio de la conmoción provocada por la espectacular liquidación de Bin Laden, no será la discrepancia lo que pueda inquietar a sus responsables. En las encuestillas improvisadas por periódicos y televisiones gana de calle el partido de los satisfechos por lo ocurrido, y más o menos lo mismo puede advertirse en la conversa en la oficina, la escalera o la barra del bar, pero también resulta indisimulable cierta confusión a propósito de las circunstancias, que va en aumento a medida que se van conociendo detalles del suceso y que se traduce en incómodas preguntas pronunciadas a media voz o a voz en grito por quienes todavía conservan una idea genuina de esa razón democrática que, como bien sabemos, poco suele tener que ver con la razón de Estado. ¿Hasta qué punto alcanza la legitimidad de un Presidente para actuar con violencia en cualquier parte del mundo, incluye ese fuero la capacidad de organizar asesinatos renunciando al procedimiento legal, cabe acribillar a un hombre desarmado, es lícita la tortura cuando se trata de obtener información imprescindible para llevarlos a cabo? Los republicanos yanquis andan alardeando de que fue su presidente (Bush) y no el actual quien, al autorizar la bárbara práctica de la “bañera” en ergástulas secretas, propició el acontecimiento con que culmina la venganza americana que, en cierto modo, es una venganza medio universal. Pero ¿se puede admitir que a un sospechoso se le someta 183 veces a ahogamientos fingidos (en los que más de una vez y más de tres se han ahogado sus víctimas) con tal de obtener aquella información, como ellos mismos informan que se ha hecho con el preso que puso definitivamente en la pista del buscado? Maquiavelo campa a sus anchas estos tensos días actualizando su moral pragmática en detrimento de la causa de esa misma democracia universal a la que se invoca para justificar la violencia más amoral. Lo que Bin Laden no pudo imaginar es que su gran triunfo sobre Occidente consistiría precisamente en lograr averiar el mecanismo básico de la decencia democrática.

No ignoro, claro está, las razones “prácticas” (tan poco kantianas, desde luego) que hayan podido decidir a Obama por esta solución rápida y políticamente económica, ni se me oculta el engorro que habría supuesto la detención, juicio y eventual ejecución de un monstruo como el ajusticiado. Únicamente digo que cada día que pasa se hace más difícil mantener el ya casi tópico de la superioridad ética y moral de nuestras privilegiadas democracias sobre una barbarie que empieza a tener sus propias razones. Y para la guerra futura que nos aguarda más nos valdría conservar esas razones en nuestro poder.

8 Comentarios

  1. Hace tiempo que sólo los ilusos creen todavía en la «superioridad moral » de éste o aquel. Lo que yo no entiendo es por qué necesitamos
    1) detestar al enemigo
    2) alardear de superioridad moral para justificar nuestro odio.
    ¿Por qué no podemos pensar, (decir y actual) que el enemigo tiene derecho en serlo y nosotros tenemos derecho en vencerlo y aplastarlo si se tierza?
    Es nuevo este odio al adversario, creo que es una herencia del siglo 19, de las ideologías. Estas desaparecieron pero han dejado tras sí un mal retoño.

  2. Un artículo valiente. Verá como poco a poco le salen muchos coincidentes, sobre todo por el «bando antiyanqui profesional». El mérito de esta refñlexión está en su independencia.

  3. Claro como el agua. P se puede añadir a ests varapalo, por más que quien más quien menos sienta en el fondo de la conciencia una indescriptible tentación de júbilo por la desaparición del loco peligroso que tanto dolor ha causado.

  4. El explicable odio al gran criminal no puede legitimar acciones como la comentada porque entonces se abriría nuevamente el camino a la selva, que es donde esos criminales viven. Por otra parte, lo de la tortura es espeluznante y hay que rechazarlo con toda la energía moral que se espera de un Occidente que se precie.

  5. No hay que vacilar en el apoyo a la energía contra elterror, pero tampoco en mentener el fuero democrático, el de los hombres libres, frente al que la tortura supone lo más indigno. Me he alegrado mucho de que se pronuncie en su columna de manera tan contundente, ya que si es cierto que se han oído otras voces en el mismo sentido, yo al menos no había leído ninguna reflexión tan discreta.

  6. Un asunto tenebroso, diría el clásico, por más respaldo psíquico que concite en todos Occidente. Una democracia no puede saltar sobre sí misma. La tortura y demás ilegitimidades oscurecen este caso, totalmente justificado en principio como tal «caza del monstruo». Es una lástima y algo más que una lástima. ja lleva razón también hoy con su contenido pesimismo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos requeridos están marcados *

limpiar formularioMostrar los comentarios de la entrada

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.