Por los fragmentos de un libro adelantados por ‘The Observer’ a sus lectores acabamos de enterarnos de que el “premier” británico Gordon Brown, encima de corto de carisma anda sobrado de mal humor. No deja de resultar desconcertante, incluso para quienes conocimos la cólera aquiliana de Fraga en sus buenos tiempos, escuchar a todo un jefe de Gobierno declarar excusándose que él “nunca, nunca, le ha pegado a nadie”, como si esa simple hipótesis no resultara ya escandalosa y, desde luego, difícil de comprender. El libro, sin embargo, escrito por un editorialista consagrado como Andrew Rawnsley, atribuye a Brown un carácter áspero al que se atribuyen episodios de cólera en los que habría golpeado con fuerza el respaldo de su guardaespalda al recibir una mala noticia y otros lances de maltrato que afectaron por lo visto funcionarios, telefonistas y otros colaboradores de Downing Street. Hasta tal punto ha inquietado la revelación que tanto el jefe de gabinete como el ministro de Comercio han salido a la palestra dispuestos a defender al agresor con un argumento tan pobre como el que identifica los malos modos con el “carácter”, olvidando aquel ‘dictum’ de la reina Isabel que veía en la cólera un recurso inútil de los hombres débiles. Lo que faltaba en esta sociedad que se desliza insensible pero fatalmente hacia la intemperancia y la liquidación del respeto era que a los primeros mandatarios se les fuera la mano con sus subordinados. Da no sé qué escuchar a Brown decir que él cuando se cabrea no pasa de arrojar le periódico al suelo y patearlo pero que no le ha zurrado nadie en su vida (sic). El citado ministro, Mr. Mandelson, ha acabado de arreglarlo al atribuir esas furias al temperamento del ‘premier’ y preguntarnos, el muy membrillo , si acaso alguien preferiría, como responsable del Gobierno, un pusilánime a un irascible. Nunca falta un  roto para un descosido.

 

La crónica histórica está llena de poderosos que defenestraron secretarios y tiranos que pasaron a la historia en el gesto de avasallar siervos, aunque uno lo más que haya visto, en este sentido, a un gran mandatario (andaluz, por cierto) fuera patear las puertas de su despacho  para desahogarse de alguna intrascendente contrariedad. La leyenda sostiene que Felipe II mataba con la mirada aunque, ciertamente, lo hiciera con mayor eficacia (ahí está Escobedo) mediante el verdugo, pero lo normal es que el arrebato sea atributo de los mandones mediocres. Brown mismo es un perdedor que trata, por lo visto, de reafirmarse a empellones con los más débiles y a sartenazos con las secretarias. La cólera no sirvió nunca más que para descomponer la imagen del fracaso.

3 Comentarios

  1. No sé que decirle don José António. Para mí, que sea colérico o no un político me deja fría,…sin duda porque no conozco a ninguno de cerca y no tengo que aguantarlo, pero sí conozco a hombres coléricos y ninguno es o eran fracasados o débiles.
    Lo que busco en un político es que haga bien su trabajo, que tenga una visión genorosa del país al cual sirve y que consiga sacarla adelante. Que sea educado o colérico no me parece importante. Ni tan siquiera que sea honesto. Hay canallas que han servido muy bien a su patria, por ejemplo Talleyrand, «de la merde dans un bas de soie» como muy bien decía Napoleon.
    Besos a todos.

  2. No coincido con usted, mi doña Marta. Un tipo colérico siempre está a punto de no controlar sus reacciones. ¿Imagina a un capitoste de estos levantando un teléfono maldito?

    Si una cosa buena les veo a los dos actuales líderes de Expaña, el jefe del gobierno y el de la oposición, es que los considero dos ‘pichafrías’, con una dosis de dontancredismo que puede ser muy útil aunque a veces nos crispe su inmovilidad.

  3. Don Yamayor , de acuerdo , siempre hay que matizar. Tiene usted razón, sin embargo cuando Kennedy descolgó el teléfono para decirle a Krutchof que retirara sus cabezas nucleares de Cuba, creo que hizo bien.
    Mil cariñosos saludos.

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