Van de cráneo aquellos que creyeron que la “burbuja” del papa Francisco estallaría a las primeras de cambio. No hay más que ver sus gestos o considerar lo que significa que, en tan corto tiempo, el pontífice haya hablado directamente a casi siete millones de personas. Recelo que no es sólo en los andurriales del laicismo militante donde se tenía esa esperanza (¿) sino también en algunos sectores intestinos de la propia cristiandad, que ven con aprensión ciertos gestos aperturistas y algunas indubitables aclaraciones de viejos entuertos. Ahora se ha dirigido a un colectivo de jesuitas para recordarles que “el Evangelio no se anuncia a bastonazos inquisitoriales”, una frase que bien conviene a mucho fundamentalista y, no sé si me repito, pero hay que subrayar en ella su inconfundible sabor unamuniano: “Son muchos los que creen que para llegar al cielo es un buen camino partirle la cabeza de un cristazo a un hereje” fue lo que nuestro filósofo escribió a principios del siglo pasado en un poco conocido “Ensayo sobre la soberbia”, y no me dirán ustedes que la frase papal no parece un eco de aquella ya lejana. Viene bien, en todo caso, en esta encrucijada de laicismos, inspirada sobre todo en ideologías políticas, que estamos viviendo en estos tiempos revueltos en los que ciertos fanatismos tratan de rellenar su vacío ideológico con la vieja monserga. También creo que me repito al traer el criterio de Claude Magris, talentazo donde los haya, cuando dijo que la “arrogancia agresiva e intolerante” del laicista –no del laico—resulta, en fin de cuentas, la imagen especular del clericalista cerrado en banda: nada se parece más a un creyente fanático que un laicista intolerante. Se ve que el papa Francisco lo sabe.

 

No es extraño que un socialismo desentrañado y hueco haya recurrido al sonsonete de la denuncia de los acuerdos con la Santa Sede justo cuando anda en los niveles más bajos de su historia reciente, más desorientado y con menos posibilidades de recuperación, y por tanto, tiene menos posibilidades que nunca de disputarle la parroquia a una Iglesia duramente secularizada pero desde la que asoman ya indudables “brotes verdes”. ¡Tiempos aquellos en que grandes minervas de Europa se afanaban en los debates “cristiano-marxistas”! Hoy la laicidad se enfrenta a un formidable adversario que nunca esperó tropezar en un camino que parecía conducir directo a la victoria final.

3 Comentarios

  1. Pocas veces, creo, ha estado en niveles tan bajos el índice de credibilidad de los dos principales partidos que se dicen de izquierda. Fraudes, robos del peculio de los parados, turbios personajes con vergonzosos vicios burgueses –el bebercio en puticlubs o el comercio de exquisitos frutos del mar—y otra serie de villanías, impensables en un Pablo Iglesias, en un Marcelino o en Nico el de la Naval.

    Por ello recurren a la demagogia comecuras y a la quema de iglesias (Santa Marina). Cómo de ciegos no han de estar sus votantes que los siguen a ojos cerrados.

    Firmo a dos manos pues el elogio del andalucista (?) silencioso que me precede.

  2. Un artículo justo. Creo que esto lo apreciamos los mismo los creyentes que los no creyentes. Este es un Papa excepcional. Lo demuestra el desconcierto de los extremistas y sectarios…

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