Me divierte mucho, no lo puedo negar, escuchar a las minervas neoliberales predicar desde el púlpito tertuliano el evangelio de una verdad antaño predicada por el marxismo: la de que, en realidad, quien manda en una sociedad no es el Estado sino el Capital. La antigua tesis de Marx, desmenuzada e ilustrada por Lenin como se sabe, sostenía que, por debajo de las apariencias, donde verdaderamente reside el poder no es en las manos del político sino en las del potentado, esa figura que nuestra Edad Media da lugar al complejo concepto político de “ome rico” y que desarrolló en la teoría decimonónica la idea de que, en definitiva, el Poder no es más que un agente de la riqueza, un gestor de los intereses de la clase que inerva ideológicamente el cuerpo social, y hasta si quiere, en cierto sentido, un cristobita hábilmente manejado en el guiñol de las conveniencias por la oculta mano del “otro poder”. En la España antigua circulaba el adagio caciquil “tener es poder” al que las democracias actuales parece que estuvieran dando la vuelta hasta ofrecer su lectura inversa, “poder es tener”, que vemos confirmado un día sí y otro también en los negros titulares de la crónica de las corrupciones. Ahora, sin embargo, no hablamos de filosofías sino que hemos de vérnoslas con realidades bien concretas –una opa, una fusión, un golpe financiero—que dejan en la más indecorosa evidencia a un poder que lo más que alcanza a hacer es el papelón de comparsa. Este Gobierno, sin ir más lejos, apadrinando la opilla trincona de sus socios catalanes a Endesa –el gran periódico de Barcelona tituló en su día aquella frustrada anexión como una victoria sobre España–, la ridícula crónica de las trampas de la CNE manejada desde el ministerio y la sanción de la UE, la defección de ZP ante la Merkel y, finalmente, ese abordaje bolsístico a todas luces respaldado por un ejecutivo impotente, constituyen una elocuente crónica del poder real del dinero frente a la soberanía imaginaria del poder político. Incluso un gobierno “socialista obrero” ha de limitarse en esta ópera bufa, oh, padrecito Brecht, a hacerle la segunda voz al tenor capitalista. Ya me dirán quién manda y quien solamente finge mandar, pues, pero me parece que espectáculos como el que estamos viviendo explican sobradamente la paradoja de esos neoliberales que hablan como Marx.
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La fábula entrevista por Papini del hombre que compró un país se va quedando obsoleta ante el progreso exponencial de la ingeniería financiera, o lo que es lo mismo, ante el encogimiento fáctico del poder político frente a la auténtica soberanía de la opulencia. Este asalto a un sector estratégico como el energético prueba que ni siquiera en los supuestos más delicados de la propiedad ese poder de la sociedad representado por la Política puede gran cosa. El ‘excedente’ (seguimos con Marx) del ladrillo sirve para adueñarse de la luz y el gas una vez agotado el mato de la vivienda, y ni ante una cosa ni ante la otra puede el Gobierno hacer más que lo que buenamente pueda hacer un balsámico mensaje de Solbes, ese hombre tranquilo, a la confusa muchedumbre solitaria desvelada por la derrota que lleva su hipoteca y la carestía creciente en una paradójica sociedad suntuaria que a duras penas llega a fin de mes. ¿Mandar el Gobierno? ¡Ca! Ni siquiera una cohorte de potentados entre rejas ha conseguido debilitar la vieja intuición revolucionaria de que el Estado no es más que la coartada de la dominación y el Gobierno ni más ni menos que su monaguillo de gala. Han bastado dos días para hacernos comprender que el joven Entrecanales tiene más poder que un ministro y para qué hablar de una de esas comisiones que el Gobierno utiliza para intentar su imposible autoridad. Siempre sospechamos que Montilla era un pringao mal comparado con Florentino. Ahora lo sabemos a ciencia cierta.

1.278 Comentarios

  1. El Maestro desmenuza a Marx con un salpimentado de Lenin igual que servidora podría aún recitar los grupos –no todos- del sistema periódico. El que sabe, sabe.

    Como otras veces, nos lleva al callejón del Gato y exagera un poquito la cóncavoconvexidad del azogue para una enseñanza más expedita por aquello de que en pedagogía, como en tantas otras cosas, quien tuvo, retuvo.

    Lo que pasa es que este es un gobierno de bachilleres y penenes, ¿les suena?, y salvo un papelón de culiparlantes durante años o de concejales de pirotecnia y cementerios, no ha leído más que lo que le impusieron como obligatorio en el BUP: tres páginas de la Celestina y un diálogo de Shakespeare. Si acaso alguno se engolosinó con la serpiente dentro del elefante, o sea la viceversa, de El Principito, que no El Príncipe.

    Los enanos de Tafalla y los engarzadores de piedras andan en otra galaxia ganando sus billetes y aquí parece que nos vemos obligados a tenerlos ocho años pintarrajeando el BOE y cuando ya van aprendiendo, pierden en las urnas. Nos ha merengao.

  2. Pero ¿qué les pasa los fines de semana? ¿Es qué están todos de week-end o qué? Menos mal que doña Epi no desierta de su puesto, pero de todas formas está esto de un triste!
    Como de costumbre, el articulo del Maestro alecccionador e interesantímo, y el comentario de la doña puro jarabe de palo.

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