Cuando Borbolla era presidente de la Junta, una de las novatadas de la autonomía fue cerrar el manicomio. Recuerdo aquella mañana y el titular juntero del ABC –“Cerramos el manicomio”—que yo tuve ocasión de leer espeluznado mientras los teléfonos de la Presidencia comenzaban a tronar amontonándose y no había voces bastantes para tranquilizar a las familias de los “internos” que acaban de desayunarse con tan estremecedora noticia. Ha que ponerse en el lugar de una familia, perdida en un pueblo pongo por caso, que se las tenga que bandear con un alienado sin otro recurso que el pastillazo matinal y, llegado el caso, siempre que fuera posible, el palo y tentetieso para evitar males mayores. Pero los revolucionarios del ramo, me consta que pillándole la delantera al Presidente, cerraron los manicomios y se quedaron tan panchos como desconcertados los deudos. Lo que pasó luego es conocido y reconocible en las voces enronquecidas de tantos psiquiatras que vienen denunciando que ni la vieja ergástula con ducha helada y calambrazo era una solución ni la planta de un hospital –normalmente la última, con lo cual se facilita mucho el suicidio—el lugar adecuado para un enfermo como otro cualquiera que precisa del cuidado médico pero, y ante todo, del mantenimiento del vínculo social. Nadie tiene nada que contarnos sobre este dilema que no lo es, al menos desde que Foucault explicó en su prodigiosa crónica de la locura clásica que el ‘quid’ de esta cuestión era que la “sociedad de los normales” había atribuido siempre al loco –llamemos a las cosas por su nombre histórico—“un espacio moral de exclusión”, es decir, una plaza en el lazareto que primero fue el hogar del leproso y luego del enfermo venéreo, la auténtica “stultifera navis” o nave de los locos que tanto juego literario dio a través de los siglos. La historia de Tristán que, arrojado a la costa de Cornuailles, le permite encontrar y ser reconocido pro Isolda, es un arquetipo de la tragedia que supone tener un demente en casa. Los revolucionarios de Borbolla no habían leído a Foucault seguramente y, en todo caso, sospecho que no lo hubieran entendido.

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Un premio Nobel, el profesor Nash, acaba de reivindicar la reinserción del enajenado en un congreso del ramo celebrado en Madrid. John Forbes Nash es un matemático notorio que hizo hallazgos memorables en la teoría de los juegos en plena juventud para sumirse luego, durante muchos años, en la noche oscura del alma que es la esquizofrenia o lo que bajo ese concepto encriptan los especialistas, un enfermo agudo que llegó a padecer los rigores más extremos de esa mal que ilumina las conciencias con pavoroso haz de luz negra para alumbrar fugazmente escenas alucinatorias y visiones pánicas. Y propone no desahuciar a esos pacientes como si la enfermad fuera vitalicia sino dejar abierta ante ellos amistosamente la puerta de la celda, de manera que puedan salir eventualmente y reintegrarse al habitáculo en que vive ingenua la inmensa mayoría abducida por la idea de su propia “normalidad”. Ni el sanador ni el cura, ni el camello ni el espiritista son buena compañía para quien siente que a su máquina maravillosa le falla el “software”: es la sociedad misma que la echó, el “nomos” que decretó su expulsión del dudoso paraíso confinándola con aquel “espacio de exclusión”, o vamos a hablar claro, aquella que los “borró” virtualmente de la estadística de la vida como se borra un dato incómodo que descuadra el balance convencional. Reconforta escuchar a un anciano sabio aleccionar a la tribu con palabras de esperanza basadas en la experiencia más rigurosa, ver erguirse a un superviviente del viejo humanismo que reclama la redención de la locura o el rescate de la vejez frente a este modelo inhumano que se cepilla cuanto le incomoda. Los listos de Borbolla creyeron seguramente que cerrando el manicomio liquidaban la tragedia. No tienen ni idea de la que organizaron aquel día en miles de familias normales.

13 Comentarios

  1. Como acabo de colgar una intervención mía en otro “blog” y está el tema de la conferencia del matemático Forbes Nash, y exponía en él las diferentes maneras con que la medicina ha tratado el tema de la esquizofrenia, os lo cuelgo aquí.

    Con las curas de Sakel administraban al enfermo insulina hasta provocarles coma terapéutico.
    El enfermo entraba en una angustia psicológica por la impresión de la muerte cercana, y luego con la insulina en una vivencia eufórica.
    Con eso trataban de curar por convulsión.

    Con el electroshock se genera una crisis de epilepsia generalizada que ponen al enfermo entre la zozobra, la extrañeza,la confusión y a veces la rabia etc etc.
    Esto último lo presencié en un familiar mío y nunca más seré testigo voluntario.

    Con la psicocirugía se hicieron verdaderas mutilaciones psíquicas,
    convirtiendo a enfermos en robots vegetativos.

    Ahora con los nuevos neurolépticos se abandona el delirio de forma duradera y se baja la agresividad y la angustia del enfermo.

    Modernamente se combinan elementos quimioterapéuticos con prácticas de sociabilidad.
    De ahí a cerrar los manicomios no puede quedar mucho.

    Solamente por muy corto espacio de tiempo el enfermo necesitará aislamiento.

    Además con la nueva ley aprobada hoy en el Consejo de Ministros por los sociatas, la “Ley de dependencia” en el cual se van a destinar 25.272 millones de €, del 2006 al 2017, geriátricos y hospitales se verán aligerado de personal.
    Puede ser la ley más avanzada en lo social que haya hecho alguna vez un gobierno en la historia.
    Ni la socialdemocracia de Olof Palme llegó tan lejos. Ji, ji, ji,ji.

  2. Este mes de abril tiene dos viernes 21, cosa de locos.

    Habla el Anfitrión del borbollazo que supuso el “Salta la tapia”, en unos momentos en que servidora no andaba muy lejos. Sé de qué va un poco la cosa, pues. Conocí un antes, Miraflores en Sevilla, la Morana en Huelva, y un después.

    Había casos espeluznantes, cierto. Algo peor que las peores cárceles, proclamo. También conocí un caso chusco de un solterón ya anciano, que cuando llegaba a situaciones extremas con sobrinos y futuros herederos, se compraba un buen jamón, un par de quesos y un par de cajas de Tío Pepe y se “ingresaba” en una habitación de pago -que las había y eso es otra- y se apasba allí una semanita hasta que los verdaderos locos, los que se habían quedado fuera, se apaciguaban. Pero bromas aparte, aquéllo debía terminar. Es decir, no podía seguir como estaba.

    Pero también conocí a un cura postconciliar que armó el taco en el pueblo al que llegó y, lógico, suprimió las cofradías, que eran orgías de aguardiente y encapuchados soeces. El obispo, que se hizo célebre por otros motivos, lo llamó a capítulo. Más o menos le dijo: “hijo, tienes toda la razón del mundo: éso que has cortado no tiene nada que ver con la religión. Pero es el único día al año que muchos van a la iglesia. Antes de borrarlo del todo tenemos que tener una alternativa que ofrecer a los que en su vida han tenido otra cosa”.

    Se cerrarón los manicomios, se mal organizaron aquellas unidades de agudos que nombra el patrón y se hicieron unos simulacros, poquísimos, de unidades de día, donde atender a los pacientes, precisamente a los no conflictivos, que pintaban escayolas.

    Han pasado veinticinco años y todo sigue casi igual. Se espera -crudelísima realidad- que el enfermo, enfermo no lo olvidemos, cometa un crimen y entonces se le interna en un una cárcel psiquiátrica. Los muy modelnos gestores de la medicina pública jamás han movido un dedo para solucionar una realidad que de cuando en cuando asalta los noticieros de sucesos, pero que es el sufrimiento permanente de cientos o miles de familias. Tal vez eso venda poco en la arena política.

    Si partimos de qu el esquizofre´nico es un paciente que debuta poco después de la adolescencia, si consideramos cuales son los cauces de sociabilidad, diversión y expectativas laborales de los mismos, el grado de respeto, insisto, respeto, que la sociedad lleva años inculcando en esas mentes hacia sus progenitores y hacia todo signo de auctoritas, no nos sorprendamos pues de que un tema de ámbito médico protagonice la crónica negra de las televisoras, que por otra parte suelen darle un tinte por demás, truculento.

    Hay que tener muchos ovarios para detraer de los presupuestos partidas dedicadas al cambio de sexo o a las píldoras postcoitales de las niñas, para abrir unos centros donde se atienda durante todo el tiempo preciso y con los medios necesarios a esos pacientes que sufren, tampoco se olvide SUFREN y hacen sufrir a sus próximos.

    Para tranquilidad de doña Gertru: los comas insulínicos están prácticamente en desuso y los shocks electrogénos de hoy , poco tienen que ver con aquellos calambrazos espectacularmente angustiosos de ayer. También es cierto que los nuevos antipsicóticos son capaces de conseguir la casi normalidad e integración de los pacientes que siguen los tratamientos y van a sus revisiones programadas, igual que quien padece un lupus eritematoso o una miomatosis.

    Pero repito, so Morcilla, Epi, que eso es lo que eres. Son imprescindibles unos centros modernos, bien dotados de personal y medios, con un trato rspetuoso al enfermo, para qeu quienes lo precisen, que no son mayoría, puedan estar ingresados el tiempo necesario para que cuando salgan, hayan adquirido unos hábitos de automedicación y sociabilidad. Y a donde no les produzca una angustia invencible la idea de volver, si es preciso.

  3. Generoso, inteligente comentario el de hoy. Materia grave donde las haya. Política catastrófica como la que más. Me interesa que recuerde GM la antiguedad del tabú, el hecho de que lepra, venéreas y locura son las enfermedades erigidas simbólicamente en víctima social. El inolvidable librod e Foucault… (Nota: nada tengo que ver, como alguien ha insinuado en otro blog, con el sacerdote pregonero de la Semana Santa de Sevilla, un joven ilustre que me da cien vueltas pero del que quedo a unas cuantas leguas, retrasado se entiende).

  4. Lo grave no es que cerraran el manicomio, que fracasaran luego en todas y cada una de las iniciativas, que las vallas (“Salta la tapia!”) saltadas resultarabn un disparate, que el abuso de psicótropos no se haya reducido sino todo lo contrario. Lo grave es que, más de 20 años más tarde, sigan si imaginar una alternativa ni poner un remedio, que no hayan contado nunca con los profesionales que estamos a pie de tajo, que cuatro politiqueros volaran el polvorín como si eso fuera la solución de algo. La psiquiatría está muy mal, de lo peor, y lo sufrimos todos, antes que nadie los pacientes, también quienes luchamos día a día con la enfermedad, con las familias, con las consigans de ahorro, con la burocracia del SAS… Gracias por sacar este tema importante. Un amigo común, que ya no vive, me hablaba muchas veces de usted. Por él conozco su preocupación por lo nuestro.

  5. Y no pierdan de viista los “psiquiátricos penitenciarios”, que de eso habría que habalr alrgo y tendido. Imaginen el estigma de la locura añadido al de la delincuencia. Conozco experiencias tristísimas, pero ya me dirán cual que se relacione con el mundo que hoy nois representa jagm no lo es.

  6. Pepe Griyo
    No he leído a Foucault ni al profesor Nash pero la vida me ha puesto tan cerca de los locos que he llegado a saber mucho sobre ellos.

    Quiero reconocer la exactitud de lo descrito por Doña Gertrudis y lo cierto de la descripción de Doña Epifrénica donde solo falta resaltar la alarma social que produce el conocimiento de la proximidad de un enfermo que aparte del peligro que suele representar para si mismo tiene un índice de delincuencia mucho menor que el de la población normal.

    Estudié mi bachillerato poco más abajo de La Morana y veía con frecuencia al loco Arturito bajar la cuesta del conquero a la carrera haciendo el avión mientras daba vueltas a la barra de hierro que le hacía de hélice con una destreza pareja a la que exhiben las mayorets catalanas con sus bonitos y ligeros bastones.

    En mis días novillos, rabona le llamábamos nosotros, íbamos a platicar a través de la tela metálica con algunos de aquellos desdichados cuyas historias, impresionantes, nunca supe si eran ciertas, eran imaginadas o las inventaban para disfrutar de nuestro estupor.

    He visto en mi niñez provocar tres veces a la misma persona el coma insulínico por el psiquiatra a domicilio en un sofá mi propia casa y esa misma persona que cuando fue sometida a electoshock solicitaba mensualmente la repetición del tratamiento porque según creo su locura consistía en creer que estaba loca.

    Un compañero mío, haya por los 70, murió achicharrado por el agua caliente de la ducha en un manicomio de Madrid, apenas 15 días después de ingresado. No se hizo ninguna investigación.

    He tenido durante muchos años que controlar a un cuñado esquizofrénico a quien he ingresado en las, ya modernas, casas de reposo varias veces y por dos de ellas el Sr. Ropón me podría haber sentenciado a varios años de cárcel porque técnicamente habían sido dos secuestros.

    Actualmente sufren la esquizofrenia, además de sus familias, los hijos de dos amigos míos, uno de los cuales me usa de psicoterapeuta cuando empiezan sus crisis y el otro me da la impresión de que está contagiando a su padre.

    Concluyo el relato de mi triste experiencia dando fe de que los locos SUFREN mucho más de lo que pueden imaginar las personas “normales”.

  7. Con la menopausia, a una el hirsutismo se le ha venido arriba. Permítame la invitación a la sonrisa, mi don Griyo (¿por qué esa y griega?).

  8. Estétranquilo, señor Grillo, que el señor Ropón, como la mayoría de sus compañeros, comprenderían muy probablemente su conducta. Es terrible, en cualquier manera, su experiencia, y muy pedagógica su razón. Lo que no enrtiendo es la broma de doña Epiclínica, pero, en fin, dede de ser que me falla a mí también el software.

  9. Lo que creo que falta por señalar es la condición clasista (eso que tanto le gusta a jagm señalar en general, auqnue esta vez no lo haya hecho) de la locura, o mejor, de su estigma. Un tipo como el Pocholo ése emparentado con los Franco resulta un personaje “interesante” lo mismo para Sardá que para Quintero (¿acaso hay alguna diferencia, formas aparte?), pero un sujeto irascible organizándola en un mercado será inmediatamente reducido y con muchas posibilidades sancionado con algo poco cómodo. Hasta para estar loco hay que estar “arriba” en la sociedad. Su te coge la enfermedad abajo, vas de cabeza al lazareto del que habla Foucault según GM.

  10. Pepe Griyo
    La y griega de Griyo, querida Doña Epiclinica, es por el respeto que me merecen los miles de personas que en todo el planeta llevan el apellido Grillo y que yo, en mi ignorancia, creía que solo lucía la famosa conciencia de Pinocho a quien tengo por modelo y guía.

    Frivolizando, les diré que, realmente, todos estamos locos pero a ELLOS se les nota más.

  11. Caray, y ¡qué de locos conoce el Señor Griyo! Me pregunto si no será peligroso acercársele mucho: ¡quizás sea él quien lo contagie!
    No sé como andaran las cosas por allí, pero les puedo decir que por aquí el problema es que muchos de los enfermos – que por comodidad y para acortar llamaremos locos – están o en la carcel o en la calle. La población carcelaria rebosa de gente con problemas psquiatrícos, y por otro lado es dificilísimo obligar a un enfermo a que se cuide. Tengo dos casos de gente muy cercana que necesitaban y siguen necesitando que los sanen pero que pretenden estar bien y que rehusan cualquier tratamiento. Está muy bien eso de decir que locos lo estamos todos, algunos más que otros, pero lo cierto es que los locos sufren, es verdad y pueden destrozar las vidas de todos aquellos que están a su alrededor.
    Y es comprebsible: decir que los locos están mejor en la rue que en hospitales resulta muy bonito , da buena conciencia y sobre todo, ES MUCHO MAS BARATO!

  12. Pingback: cartoon lesbian

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