Hay una evidente contigüidad entre las corrupciones públicas y las privadas. Ambas responden a un mismo impulso ilícito y se contagian entre sí, de manera que no es verosímil mantener probo al gentío mientras, en las alturas, sus poderosos rabadanes se ríen de la Ley. Lopera no es sólo un síntoma sino un resultado: el inevitable que se produce en el laberinto social cuando Ariadna guía son su hilo negro a Teseo por el laberinto tramposo. La política puede y deber ser una pedagogía para lo bueno pero, desde luego, lo es inevitablemente para lo malo. Don Manué — como tantos “don Manueles”– sólo es concebible en una sociedad podrida en las alturas. En la Andalucía de los ERE, de las facturas falsas, de Invercaria y de los fondos de formación, ese pícaro no es más que un efecto colateral.

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