El negacionismo no es nuevo: aún hay quien niega el Holocausto o la llegada del hombre a la Luna. El espectáculo que están ofreciendo ciertos sectores de la sociedad indiferentes ante la tragedia colectiva no necesitaba para su condena, desde luego, la inconcebible charlotada de los “sin máscara” que el Gobierno autorizó en Madrid ni la bufonesca y paranoica campaña de algunas celebridades intentando boicotear la gestión de la pandemia. Lo que está claro es que lo inconcebible existe y, por tanto, corresponde a la autoridad y sólo a ella plantarle cara con la severidad que la Ley permita y exige la gravedad de la situación. No es tiempo de discutir con el imbécil sino de imponer el orden imprescindible. Todo el que desafíe al sentido común debe ser sancionado. La libertad no incluye la extravagancia suicida.

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