Ojalá hubiera hecho fortuna ese lema “ilustrado” tan poco respetado desdeel siglo XVIII hasta nuestros días. Pero no la hizo. En nuestra política, la norma maniquea ha dominado siempre frente a todo desde mucho antes de ser consagrada por Cánovas y Sagasta. El presidente Moreno, en cambio, parece haber dado instrucciones de no arrasar en la Admnistración a los altos cargos heredados del “régimen” sino todo lo contrario: aprovecharlos siempre que haya un mínimo de confianza. En todas las consejerías se comprueba ese designio de continuidad  que acaso se funda en la creencia de que la nómina genera la fidelidad. Todo lo contrario, pues, de la norma que venía rigiendo y que resume la fórmula “Al enemigo, ni agua”. El tiempo dirá si tan grave demostración de confianza estuvo justificada o no fue más que el producto de la ingenuidad del novato. Pero desde ya es un signo de concordia y sentido práctico que hubieran aplaudido el sabio Jovellanos o el “intendente” Olavide.

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