La dureza de la tarea agraria durante el verano andaluz es casi un tópico que, ingenuamente, podíamos creer caducado. En el archivo del Ministerio de Agricultura no me extrañó encontrar hace años un bando lanzado por un Gobernador de Córdoba en el que, con su autoridad, disponía que las cuadrillas de segadores estivales llevaran agua potable y una provisión de vinagre para remedio de los desmayos jornaleros provocados por el calor, el esfuerzo y la desnutrición. Lo que no esperaba es toparme –¡ayer!– con la noticia de que, en los campos de Sevilla y Córdoba, han sido detenidas tres docenas de canallas, extranjeros al parecer, responsables de grupos de inmigrantes que soportaban “interminables jornadas sin comida ni agua y cobrando muy por debajo del jornal”. Como en el siglo XIX, pero en el XXI.

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