Sea cual fuere la pena que el Tribunal imponga a los asesinos de Marta del Castillo y a sus cómplices, hay algo que el pueblo llano, que no entiende de leyes pero conserva intacto su sentido común, se pregunta clamorosamente: ¿cómo es posible que a quienes, en una calculada estrategia procesal, ocultan el cuerpo del delito no se les retenga entre rejas hasta que declaren su escondite? Pocas burlas ha soportado la Justicia como ésta a que lo han sometido unos mequetrefes a socaire de las garantías democráticas. Cabe imaginar la impunidad que estará al alcance de los delincuentes conspicuos si una pandilla de friquis se va de rositas de esta manera a pesar de tanta evidencia.

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