Es tremenda la velocidad de crucero que lleva el feminismo en el poder desde que el propio presidente del Gobierno no se tienta la ropa para declararse, ante la ONU si se tercia, como feminista radical. Ya hay en ese ejecutivo, como saben, más hembras que machos, como no podría ser de otra manera en un país en el que hasta los pasos de palio llevan ya costaleras, pero ahora el sanchocalvismo se propone invadir incluso el fortín en el que se enrocaba hasta el día de hoy la empresa privada, es decir, la propiedad sin más. ¡Ni Aristófanes, con ser como era, pudo llevar tan lejos su irónico sueño! Calvo, sí: ahí está su decisión de “imponer” a los consejos de administración de las empresas particulares la obligación de establecer en sus logias la igualdad numérica, una exigencia que la vice plantea como alternativa a la clásica estrategia de esperar a que semejante equilibrio se instale en la vida “de manera natural”. Es lo que ocurre cuando se traduce mal a los clásicos.

Es posible que esas maneras feministas no sean más que un sucedáneo para rellenar el vacío ideológico de una izquierda que no se reconoce en el espejo desde que se vino abajo el Muro de Berlín. Por eso no precisa ya de la coartada sexual del dramaturgo clásico que explicita tan líricamente el juramento abstencionista que comprometía a las mujeres a negar a los hombres el “débito conyugal” en tanto que estos no se avinieran a razones: “Todas las mujeres toquen esta copa (declamaba Lisístrata), y repitan después de mí: no tendré ninguna relación con mi esposo o mi amante”, sin antender a súplicas ni a palinodias. ¿Ven? El maestro griego, como la Roosevelt o la Beauvoir, como la Woolf o la doctora Teresa, era consciente de que toda exigencia requiere un poder, un mecanismo de toma y daca con que paliar los costes del cambio, idea que para la nueva amazonía no es más que una antigualla. Lo dejó bien claro creo que fue Madonna cuando escupió al mundo esta sentencia: “Soy fuerte, soy ambiciosa, sé exactamente lo que quiero. Si eso me hace una ‘perra’, está bien”.

Pero no, la vice y Sánchez Pérez (lo de ‘Castejón’ no hay quien se lo trague) no trajinan como Aristófanes ni bordean como Madonna sino que invocan, desde un escolasticismo renovado y laico, una suerte inédita de derecho natural, una razón decisiva e ínsita aunque oculta en la masa humana, que fuerza a romper con el Neolítico imponiendo la simetría sexual . La “cúpula” a que aspiran estas féminas –ése es el nuevo léxico– viene a ser hoy la antigua Acrópolis, a la que, como antiguamente se sabía, acceder era apenas un sueño. Vuelvo a madame Simone –“El problema de la mujer fue siempre un problema de hombres”– para recordarle a doña Calvo que su menadismo seguirá lejos de ser autónomo mientras haya de vivir acogida a la sombra de un Sánchez. A ver por qué si no, toda una ministra de Justicia -como su compañera de gabinete, ella misma a la sombra de un famoso- puede decir impunemente, y con el silencioso apoyo del universo feminil, que prefiere tribunales machos antes que femeninos o mixtos. Decididamente, estas Lisístratas no son las que eran. Lisístrata tiene hoy coche oficial o aspira a tenerlo.

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