El maximalismo negro (no quiero hablar de racismo en la medida de lo posible) parece que anda disgustadillo porque la efemérides de un eventual presidente “de color” haya recaído en un mestizo como Obama, que ya se cuida él de enseñar a todo trapo a su abuela keniata mientras esconde discretamente a la blanca. Lo querrían más negro, negro integral a ser posible, algo lógico, en fin de cuentas, en un país cuya legislación  blanca establece que es negra cualquier persona que tenga una sola gota de sangre negra en sus venas. Ahí los tienen, todos ilusionados con la novedad, y todos medio cabreados por esa circunstancia racial, mientras algún instituto genético, como el ‘African Ancestry’ se pone las botas averiguando por un precio módico la genealogía de los afroamericanos a pesar de la creciente evidencia de que la negritud yanqui tiene mucho de mito. Hoy se sabe, gracias a la tarea de estos buceadores del pasado, que un treinta por ciento de las mujeres afroamericanas que viven en USA y hasta un cuarenta por ciento de los varones de esa supuesta raza, llevan, quien más quien menos, su cuarterón de sangre blanca o, para ser más precisos, su cuota de material genético procedente de Europa y no del África primordial, es decir, el silencioso testigo biológico de antiguas violaciones coloniales pero también de amores ocultos entre amos y esclavas. Legendarios fueron los amoríos de Washington con su esclava Venus, los del gran Jefferson con Sally Hemings y hasta se dio el caso de que, en la “dinastía” de los Adams –quizá la primera, no recuerdo ahora—, el presidente John Quincey Adams tendría un hijo con una esclava hija de su propio padre, es decir, con su media hermana. Ése es un recelo antiguo que corroe la conciencia del racismo negro en términos que nada expresa mejor que la frase bien conocida de Malcom X: “Odio cada gota de sangre blanca que hay en mí”. Ya ven que el soplagaitas de Michael Jackson lleva el paso cambiado.

 

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 Pocas leyendas tan ilusas como las racistas, pero al mismo tiempo, pocas tan vehementes. En Estambul aprendí que hay grupos sefardíes especialmente encoñados con la matraca de que son judíos puros, algo que un alto representante israelí me aseguró alguna vez que también ocurre en muchos grupos sionistas. Y en cuanto a España, baste decir que los expedientes de “limpieza de sangre”, esa infamia, perduran entre nosotros como procedimiento habitual hasta su abolición en 1835, es decir, que funcionan lo menos durante tres siglos. Estoy convencido, sin embargo, de que en poco tiempo el dominio de la genética demostrará la falacia básica de las razas, esto es, la idea de que existen razas puras, “no contaminadas”, como decían nuestros inquisidores y siguen diciendo los negros americanos, entre otras cosas (lo repetía recientemente en nuestras ‘Charlas’ el profesor Francisco Mora) porque no habría habido tiempo evolutivo, por decirlo así, para el surgimiento en la especie de etnias genuinas y diferentes. Los impulsores de esa agencia mencionada, ‘African Ancestry’, Rick Kittels y Gina Paige, acabaron hallando entre sus genes materiales de aluvión europeos amalgamados inextriblemente con otros mandigas o hausa arrastrados a través de los siglos ya por el cromosoma Y, ya por el ADN mitocondrial. Sólo para el KKK, Obama es un negro negro, un maldito jodido negro ante cuya puerta habría que quemar una cruz en medio de un círculo de ensabanados. No saben, los muy pringaos, que lo mismo, chispa más o menos, rebulle por las cabezas más radicales del racismo negro, desolado, al parecer, en muchos casos, al enterarse de que su imaginaria nobleza nigeriana o bantú navega a través de los tiempos nublada por la mancha blanca de algún viejo pecado. No hay razas, hay racismos, o al menos eso creo yo. Sucesos como el triunfo probable de Obama pueden acelerar esa evidencia que nunca quisieron ver ni amos ni esclavos.

9 Comentarios

  1. Igual me repito, pero en los protocolos clínicos, en los grandes manuales de patología médica, como el Harrison, y hasta en el software de la moderna aparatología digital que nos llega, cómo no, de USA, hay un ítem que suele poner ‘race’. Ya digo, en el Harrison hay enfermedades en las que se dan los porcentajes o las prevalencias en negros, judíos y hasta indios. A una servidora, cuando le han hecho cositas con máquinas de esas, siempre me ponen ‘caucásica’, lo que me mosquea cantidubi.

    Todo eso es explicable en un país como el Imperio -hasta ahora- con sus aluviones, desde el Mayflowers a las plantaciones del sur y su mano de obra oscurita, pero no hay que salir de la bosta de toro para encontrarse una con los que presumen de braquicefalia (menos cerebro les cabe) y nariz XXL, más dieciseis apellidos ‘incorrutos’.

    Y no se crean. También me ha galleado alguno presumiendo de que es ‘castellano’ viejo. Mis raíces, que supongo híbridas de los moros de Niebla, de los romanos de Itálica, de los castellanos conquistadores y hasta de algún negro de Gibraleón, me traen totalmente al fresco. Ya ven, el vino de que tanto presumen muchos, cuando lo de la filoxera, hubo que injertar con … adivina quién viene esta noche.

  2. Doña Margosa, lo del filoxera ha quedado divino…
    Yo soy una mezcla de normanda, de celta de la Auvergne, y de Catalán demasiado morenito para no tener alguna gotita de sangre árabe, sin contar con la mezcolanza politico-religio-cultural!
    Besos a todos, que son bien pocos, por Dios!

  3. Pero, bueee. ¿Anda todo el mundo con la Sele? ¿Mi don Prof tiene montañas de folios ilegibles que corregir? ¿Es que mi don Ropón tiene hijos en edad de merecer? ¿Mi don Elitróforo anda dando clases particulares de última hora?

    Oigan, por fa. Que se habla nada menos que de racismo. ¿No hay opiniones más sagaces que la de mi doña Sicard y de moi-même, proclamándonos hijas de un mestizaje glorioso?

    Un día voy a pasar lista y quien haya hecho pellas -la rabona le dicen por aquí- va a escribir ¡a mano, nada de copy/paste, mil veces una frase que aún tengo que redondear. Amos que.

    Besos solo para mi doña Marta. Quien quiera besitos que haga méritos para ellos. Ah, y para el Anfi, faltaría plus.

  4. En efecto, doña, tenía trabajo y ello me ha impedido comentar una de las columnas más agudas de esta temporada. Lo siento y me reservo comentarios para más adelante.

  5. No hay razas sino racismo: cinco palabras que encierran una gran lección, Una vez escribió aqul jagm que la única raza real que había conocido era la norteamericana… ¡Cuánta razón llevaba! Estos días se están descubriendo (¿para cuándo un comentario, jefe?) “etnias” ailadas en las selvas de este mundo. Son la excepción, peor me gustaría que lo explicara don ja.

  6. Este casino, doña Marthe, es de tarde, no mañanero, por eso hay tan desigual concurrencia.
    La columna, llena de aciertos, además de ese, magnífico, que ya ha subrayuado con Lépido: no hay razas, hay racismos. ¿Quien de nosotros resistiría una “limpieza de sangre”, quién entre los propios nazis? El orgullo raciual es uno de los prejuicios más insolidarios y memos que ha descubierto el hombre.

  7. Muy interesante, y supongo que fusilable para los racistas, pero esa es la realidad: la Humanidad es un gran tronco con ramas tardías: no ha habido tiempo evolutivo para otra cosa, en efecto, y no vamos a multiplicar por ciono el Génesis, sea versión arcaica, sea versión de Theilard.

  8. Datos desconjonantes pero, bien mirados, plenamente lógicos. Me pregunto qué porcentaje de judío, moro y otras etnias llevará el torrente de nuestras sangres. Cristianos viejos hay muy pocos y los pocos que hay –lo sabía bien Américo Castro– la meyoría de las veces tenían que retorcer el pergamino para conseguirlo.

  9. La colonización española es la única tal vez que logró un mestizaje abierto, reconocido y maniofiesto. No me imagino yo a un Inca Garcilaso en otros países que yo me sé, lo que no quiere decir que los españoles no sean más racistas, muchas veces, que los que más. Las sangres no se mezclan por generosa soliadridad sino por imperativo de la pasión y si me llevan al límite diré que del deseo. Bien, admitámoslo. Ese candidato USA escindiendo a su abuela blanca da mucho que pensar.

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