Conozco pocas paradojas culturales como las que permiten plantear los diversos informes fiables sobre libros editados y lectores reales. Para que se hagan una idea, sepan que la Unesco cifra en más de dos millones los libros que se editan al año en el planeta. De creer al ISBN, en alguno de los últimos años vieron la luz en España más de siete mil libros al mes (lo que supone más de 200 diarios) mientras decrecía aceleradamente el número de librerías e iban surgiendo nuevas fuentes editoras, como la publicación a demanda, la autopublicación o el libro electrónico. Y sin embargo… Las conclusiones de los informes sobre la lectura efectiva son desoladores, tanto que, en algún caso el dato oficial (el de 2015) asegura que cuatro de cada 10 españoles no leyeron ni un solo libro. Una de esas investigaciones proclamaba hace poco que “la gente cada vez lee menos” mientras que no es aventurado decir que cada vez se edita más.

Tan vieja como el libro mismo es la crítica acerba a sus propietarios ociosos. Séneca denunciaba ya el uso que hacían algunos ricos de los libros –junto a los vasos de Corinto—en la decoración doméstica, pero será un eximio bibliófilo como Petrarca quien cierre sin contemplaciones tanto contra esos propietarios como sobre los propios escritores, en el marco de una sociedad (obsérvese la vigencia del reproche aplicado a los actuales “medios” difusores) “que pone más interés en examinar a los cocineros que a los escribas”, una sociedad “en la que escriben tanto los que saben como los que no saben”, hasta el punto de que (otro aserto de con plena vigencia) “cada día hay más escritores y cada día escriben peor”, sin duda en razón de que componer libros –en opinión del poeta– resulta ser “una enfermedad corriente, contagiosa e incurable”. Muchos siglos después del gran Luciano, la crítica a la vana exhibición libresca seguía, como puede verse, intacta. Desde mediados del siglo pasado sabemos, por lo demás, que cierta editorial de gran alcance proporcionó a los decoradores el recurso de adornar las paredes combinando por metros los diversos colores de sus colecciones, una incomparable muestra de parafilia cultural.

Queda por determinar cuál sea la causa real de la pereza lectora, más allá de la obviedad de que, en una sociedad de la imagen, lo audiovisual acabará sustituyendo sin remedio a la lectura. Pero puede que haya causas más graves. Bourdieu avisó hace mucho del papel desmotivador de la lectura que la escuela ejerce sobre el alumno. Echando un vistazo a las tareas escolares de nuestros hijos y nietos, la verdad es que resulta difícil no darle la razón.

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