Entre las leyendas de la clandestinidad había una, ignoro hasta qué punto real, que aseguraba que  los servicios policiales encargados del DNI introducían en los correspondientes a personas políticamente sospechosas, señas fácilmente identificables como un espacio entre las letras del nombre y fallos por el estilo. Siempre fue vista la documentación con aprensión por el ciudadano y, en especial,  por el de las sociedades democráticas consolidadas, como lo prueba que en los EEUU, ni siquiera después del tsunami del 11—S exista ese documento para nosotros ya tradicional. Tampoco existe en Inglaterra desde que Churchill lo suprimió al final de la Guerra, donde un proyecto de Blair posterior a los atentados de Londres naufragó ante la enérgica reacción de grupos defensores de las libertades civiles apoyados por diputados laboristas y, ni qué decir tiene, con la firme oposición de los ‘tories’, ese conservatismo inglés cuya impronta cromwelliana no hay quien la despinte. Casi todos los países europeos cuentan con su carta de identidad o, como Dinamarca, con su fichero central de la población, aunque haya algunos, como Francia, en el que es gratuito pero no obligatorio, mientras una fuerte oposición se opone a la pretensión gubernamental de reforzar los controles con bases de datos ciertamente invasivas que incluso incluyen a los menores. El caso más llamativo es el de la India que prepara un sistema de identificación universal (bastante más de 1000 millones de números asignados) para controlar a una población que con frecuencia duplica la personalidad (para obtener ayudas, por ejemplo), por lo que se esperan aquel posibles sorpresas antes de que sea posible censar seriamente tan vasta muchedumbre, entre ellas la comprobación  de que al menos un millón de indios pudieran ser sencillamente ficticios.

 

Es el terrorismo, por supuesto, la causa de la visible tendencia controladora del Poder un poco en todos los países afectados, pero ni esa causa rotunda ha sido capaz de diluir la ancestral desconfianza hacia el control de las personas libres que, en su origen, estuvo ligado a simples objetivos fiscales o recaudatorios. Los ingleses no quieren ni a tiros llevar en el bolsillo un certificado de sí mismos y menos aún permitir que una máquina les registre el iris o almacene su ADN, pero no es exclusiva de ellos la prevención ante el poder controlador del Estado, en el que ven una amenaza a su libertad y a su vida privada. Un inglés o un yanqui se dejan fichar gustosos en el pasaporte para garantizarse en el exterior el privilegio de su identidad nacional. Spencer sigue vivo en el inconsciente de esos pueblos. Ni con lo que llevamos pasado, el carné ha logrado ser en el nuestro algo más que una prótesis obligatoria.

5 Comentarios

  1. Y lo comprendo. Si uno no tiene nada que reprocharse para qué poder ser identificado, fichado ? Y qué le voy a decir si sí tiene algo que ocultar! Además la verdad es que esos papeles se maquillan y duplican con tanta facilidad… No sólo por las mafias o los malehechores pero también, desde el poder. Recuerdo una polémica en Francia sobre unos falsos-verdaderos o verdaderos- falsos pasaportes…
    Besos a todos.

  2. Mew ha interesado la idea de que ese recxhazo del conrtol supone desconfianza del Estado. Hay veces que tenemos ante las narices lo que no vemos. Peronalmente nada tengo contra los sistemas de control de los ciudadanos siempre que se atengan a una normativa democrática. EPero ¿quién se atiene aquí ya a esas normativas? ¿No se han enterado de lo que acaba de hacer el juez Garzón?

  3. Claro que el individuo recela del control del Estado. Jagm da la razón: en sus orígenes fue un instrumento (censal) para cobrar tributos, y luego se ha convertido en otro de control y, en no pocas ocasiones, de algó más. No debe olvidarse, sin embargo, que esos instrumentos sirven en el Estado moderno para garantizar la seguridad jurídica. ¿Se figuran una notaría sin carnés de identidad?

  4. Todos estamos matriculados con los sistemas de satelites actuales y no hay manera posible de protegerse de esa tecnología por mucho que queramos resistirnos

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