Están ocurriendo incidentes llamativos en este país que, en tanto no se demuestre lo contario, sigue siendo de mayoría católica. Como aquel en que un espontáneo dio pie a un choque con el oficiante de una misa tras haber pisoteado la hostia consagrada que acababa de recibir. O como el incendio frustrado de una iglesia de Majadahonda a la que primero atentaron colocando artefactos incendiarios que hubieron de desactivar los Tedax, y cuya puerta incendiaron luego tras la Misa del Gallo. O como la inconcebible decisión de la Universidad barcelonesa de suspender las misas celebradas en su recinto en función de un convenio vigente, “en tanto no se tengan garantías de seguridad” para los profesores y estudiantes que asistan al culto. Todo muy rancio, muy “frentepopulista” en el peor de los sentidos, es decir, en ése que hoy lamenta mucha gente de la propia izquierda poco dispuesta a permanecer encaramada en el guindo. Anden, vayan a una madrasa islámica y fuercen a la autoridad académica a contratar seguridad privada para preservar el derecho de todos a la libertad religiosa: verán lo que les espera. Aquí, por el contrario, esa autoridad ni siquiera se molesta en abrir expedientes a los reventadores (el 15 de diciembre, por ejemplo, un grupo de estudiantes “reventó” por las bravas una celebración sin que se conozca medida alguna contra ellos) aunque, todo hay que decirlo, discurra medidas tales como la de interponer una puerta en el pasillo que conduce a la capilla para impedir el paso de los vándalos. Con un tufo del peor Lerroux, como un inconcebible legado de eso que se suele llamar el “republicanismo histórico”, con vaharadas de tumulto incendiario y sugestión de profanaciones sacrílegas. Algo que cuesta entender hoy en la universidad española, incluso después de las aviesas campañas propiciadas desde el Poder. Vientos y tempestades. Que estas cosas pasen como meras y efímeras noticias es un mal síntoma. Convendría releer la crónica de nuestra anterior tragedia.

Hay quien acusa a la jerarquía católica española de mantener un integrismo inconveniente y anacrónico, y no seré yo quien discuta esa cuestión. Pero lo que está claro es que desde la acera de enfrente y sin motivo de consideración que lo justifique, lo que sí hay que lamentar es ese integrismo radical, fanático en su esencia, que agudiza a ojos vista su ofensiva anticlerical y antireligiosa, como si los derechos fundamentales pudieran perjudicarse o incluso hacer imposible su ejercicio. Probablemente no haya hoy en España manifestación ideológica más rancia ni síntoma más inquietante para una democracia que tiene que ser de todos.

3 Comentarios

  1. Lleva usted razón en su protesta implícita. Sin libertad de todos no puede haber libertad verdadera para nadie.

  2. Parece increíble que todavía estemos en ésas. Y sobre todo en España. Que más aun que otros paises existe históricamente afirmándose frente al islam.

  3. Mi impresión personal es la de que el anticlericalismo y antirreligiosismo amparado por este Gobierno comenzó siendo un recurso de distracción para acabar coinvertido en un objetivo seriamente asumido. Algo que no justifica la actitud de la jerarquía católica, como se ha dicho, y que en cualquier caso nada no debería haberse enfocado contra los simples creyentes. Algunos de estos casos son, además, simples manifestaciones de la falta de respeto generalizada en nuestra sociedad. Otros, mucho me temo que al menos son consecuencia de la enemistad mostrada desde el Poder.

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