La foto del príncipe heredero con Hillary Clinton –posiblemente la mujer más poderosa del mundo—sugiere, en ese idilio virtual que refleja la expresiva sonrisa de la dama, una afortunada empatía que es un signo definitivo de esta otra transición tranquila que, evidentemente, están escenificando el Rey y su hijo. En boca de la dama hemos podido escuchar el elogio de un joven en la plenitud de su vida pero es, sobre todo, en la expresión de su rostro donde se refleja una simpatía muy superior al gesto firme a que Hillary nos tiene acostumbrados. Mientras tanto, allá en el Campo de Gibraltar, se producen otras instantáneas que muestran una de las escena más castizas que imaginarse puedan, a saber, la visita a la Guardia Civil de un Rey renqueante pero estirado en su uniforme castrense que, con toda evidencia, ha puesto en marcha su propia sucesión, el relevo generacional que siempre llega pronto para el mayor y tarde para el heredero. A mí me parece cada día más absurdo enredarse en esa ilusoria tarea que es el nuevo republicanismo, porque, como se ve, un Rey puede recobrar su prestigio con sólo mostrarse un par de veces atento al humor nacional, y un Príncipe puede conseguir la adhesión en las más altas esferas, con sólo devolver la sonrisa y leer el papel que le haya escrito un edecán. Las monarquías , como los toreros, tienen esa facultad proteica de reponerse de las más graves lesiones, pero para ello es imprescindible que su crónica recuerde lo menos posibles la tragedia griega o shakesperiana. Nada habrá ocurrido en Boswana ni en la cueva del yerno, mientras el Rey tenga fuerzas para aguantar de pie un desfile y el Príncipe subyugue a las “damas de hierro” sólo con mostrar la fachada. Que nos puede salir un Carlos II, vale. ¡Pero anda que si nos sale un Cardo Rovira!

 

Mi impresión es que este calendario (no me da la gana de decir  “hoja de ruta”) está atado y bien atado con independencia de que, como es siempre probable en este negocio, pueda surgir de pronto un argumento que malogre la previsión. Aparte de que, a ver qué es mejor, asistir a un relevo controlado en tiempo y forma, o apuntarnos a una gerontocracia que, por más respetable que resulte, nunca iba a lograr sonrisas como la que la Clinton le ha dedicado a don Felipe antes de piropearle retrechera y por todo lo alto. Estamos en plena “tercera transición”. La muleta del Rey junto a la sonrisa de Hillary hablan por sí solas.

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