Cuesta creer que en alguna democracia homologable con la nuestra resultara tolerable el espectáculo que están ofreciendo, nada más aparecer en la pista, las presidencias de nuestro circo parlamentario. ¿En cuál de aquellas tragarían con una presidenta del Congreso dedicada a trampear incluso al Tribunal Supremo con el propósito de legitimar a unos diputados electos reos, entre otros, de un delito de rebelión, o con un presidente del Senado que reclama insensatamente en público la absolución de esos presuntos delincuentes de “lesa patria”? Una vez conseguida la sumisión de la vida pública a los intereses partidistas, la democracia española actual, que ya había conseguido “normalizar” la corrupción, se propone ahora arrasar la propia entidad nacional reclamando para ello la sumisión del poder legislativo a la ambición gubernamental. Sólo la mediocridad supina de esta política mercenaria puede explicar una degradación que nos sitúa irremediablemente a la altura de las satrapías tercermundistas.

Ya es lamentable que el prestigio emergente de un juez como el que preside olímpicamente el tribunal que juzga a los golpistas catalanes se haya convertido en la última esperanza de esta democracia traicionada que es ya apenas una sombra de la lograda por la generación anterior. Malos tiempos –suele decirse– aquellos en los que se celebran los magistrados porque ello implica la máxima tensión moral de una sociedad que ha visto quebrarse los pilares de la Ley y desaparecer, en consecuencia, toda garantía de salud pública. Pero peor si cabe, aquellos en que la nobleza política sucumbe bajo el peso de la miseria personalista. Cuando la autoridad hace de la desobediencia un instrumento, el colapso político es sólo cuestión de tiempo. Y en ello estamos. Sin que el pueblo ingenuo se enterara siquiera, los manijeros del negocio político han convertido una democracia parlamentaria en una indigente oligarquía basada en la premisa infame de que, en el trasfondo inconsciente, el pueblo quiere ser engañado. En la estela de cierto purpurado renacentista, los mezquinos que hoy nos (des)gobiernan bien pudieran proclamar: “Populus vult decepi, ergo decipiatur”, si el pueblo quiere que lo engañen, engañémoslo. La indignación suele culminar cuando el engañado cae en la cuenta de que, encima, tendrá que pagar al impostor.

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