Un responsable de los correos franceses ha prometido solemnemente que antes de que finalice este año de gracia de 2009, los sistemas disponibles en sus servicios serán capaces de leer todas las direcciones que los caprichosos remitentes opten por escribir en bretón en lugar de hacerlo en el francés jacobino, de manera que no se les escapen en lo sucesivo las confusiones debidas a la peculiaridad de los signos de puntuación regionales ni la especificidad de muchas de sus palabras, superándose de este modo las dificultades que al sistema de “lectura óptica” planteaban hasta la fecha  los apóstrofes o los topónimos bretones. Más hondura tiene el creciente conflicto belga, el entablado entre valones y flamencos, que trae al país sin gobierno desde hace muchos meses, y que ha permitido incluso a un profesor emérito de la universidad de Bruselas publicar un libro en el que plantea, como posible solución, la anexión de la Valonia por Francia, que supondría ni más ni menos que la liquidación del estado belga. Entre nosotros acaba de oírse también la voz del viejo Pujol reclamando el uso exclusivo del catalán en los medios de comunicación hasta el extremo de censurar a cierto conocido escritor –catalanista, por más señas—el haber usado el plebeyismo “gilipollas” en lugar en emplear sus correspondientes catalanes que, por cierto, dicen los expertos que no existen. Esta matraca de la lengua genuina no tiene solución, probablemente. Fíjense, por citar sólo un ejemplo, lo que decía allá por el XVIII don Manuel de Larramendi: “Para hablar a los ángeles en su lengua es necesario hablarles en bascuence”. Podría, desde luego, pero no les digo más.

De lo grave a lo banal, la guerra de lenguas se está convirtiendo en un curioso rasgo de época que sugiere un cierto retorno al romanticismo y una incuestionable concesión a la tentación aldeana que ve en el uso vernáculo una imprescindible afirmación de la imaginaria personalidad colectiva, bien que lo que ande buscando, en la práctica, sean objetivos políticos (¡y económicos!) mucho más prosaicos. El moderantismo radical de Pujol –si me permite la sólo aparente contradicción en los términos– no deja de resultar gilipollesco o como en lengua catalana se diga y pronuncie el sinónimo que fuere, pero es evidente que bajo estas chuscas escaramuzas subyace un fondo mucho más trascendente que hasta pone en entredicho la entidad estatal, quiero decir nacional. Ni tipos como Léon Degrelle hubieran soñado siquiera estos dislates inspirados, mejor que peor, en la lengua de los ángeles.

12 Comentarios

  1. Pocos comentarios para una columna tan sugerente. El tema de la lengua, las guerra de la lengua, consittuyen un nuevo romanticismo, en efecto. Recordémos lo que le costó a muchos países europeos aquella aventura. Pero no sé como podrían recordarlo el gran público si le quitan la Historia.

  2. Sólo por leer la frase de Larramendi merece la pena lo de hoy, pero hay mucho más en la columna. Lo de Bélgica es trágico, lo de Francia, cómico, lo de Pujol, insidioso. Estoy pensando que no van tan descaminados los movimientos y presiones que quieren unificar la misa reimplantando el latín…

  3. Me encanta ese título aunque venga de una frase tan descerabrada como divertida, que supongo que Juarista sacaría en El bucle melancólico, porque es definitivapara probar la idiotez del nacionalismo ultra. Es admirable cómo se pueden volver tantos fuilanos locos a la vez, o habrá que pensar que ja lleva razón cuando habla de objetivos económicos en tales manejos.

  4. Me encanta. Un tema como ese tratado dsede ese ángulo tan curioso. ¿Está todo el mundo zumbado? Pues si no lo está, lo parece.

  5. La verdad es que el “moderado” Pujol va a legar a su biografía una serie de frases memorables, como aquella en que dijo que cada pueblo tiene lo que se merece refiriéndose a la Andalucía pobre. Es el truco del “moderantismo”, el refugio de los mediocres tontos pero también el de los listos ambiciosos y con capacidad estratégica. Pujol siempre fue un separatista y ha hecho más por el separatismo mil “Pérez Roviras”. Aunque rl timpo pasa para todos y la enfermedad de la vejez a todos alcanza. No tienen más que ver qué comentario tan gilipollesco ha hecho ese hombre con la que está cayendo.

  6. Soy belga y he firmado aquí con otro pseudónimo. Me apena lo que cuenta sobre mi país, pero es verdad que las cosas están por allá planmteadas en esos terribles términos. Como bruselesa me apena especialmente asistir a esta descomposición de una nación instigada por el radicalismo wallon, pero más que la UE no intervenga para poner un poco de orden entre esos ambiciosos “cabezas de ratón” que busccan el poder y el negocio.

  7. Ya ven, los indios, desde Río Grande hasta el Cabo de Hornos, piensan que el único legado que les dejaron los españoles fue una lengua común con la que se pueden entender todos.
    Mientras, nosotros, los civilizadísimos europeos, usamos las lenguas aldeanas para tirárnoslas a la cabeza.

  8. ¡Bienvenido al casino, don Griyo, que ya echábamos de menos sus sensatos comentarios!
    Gloriosa la cita de Larramendi, venenosa la alusión a Pujol, inteligente la consideración sobre Bélgica y la anécdota bretona. Está usted en todas, jefe, y se le agredece como es debido.

  9. Interesante. La guerra de lenguas está empezando a ser cansina. Pero les auguro que todo pasdará, como pasaron los fervores nacionalistones del XIX. Claro que, ay, no sabemos cuánto nos costará el jueguecito ni cuanto afanarán los lugareños. Pujol es un cateto. Una embajada en el edificio más importante de N.Y. es ya otra cosa: es un insulto a la inteligencia y un desafío amablemente acogido por el Estado al que se le plantea.

  10. Buena palabra ha ido a escoger el cateto, como dice Miller: gilipollas. Un individuo que ha presidido una de las etapas de mayor corrrupción de la vida pública catalana, la cabeza del clan familiar más exactor qwue se recuerda en el Principado, logra distraer a muchos con esa reivindicaciones pueblerinas del pa-amb-tumaca y demás. Una pena. Los argumentos de jagm expuesto hoy son estupendos y deben ser repensados.

  11. Desde luego, don Jose An Tiene más razón que un santo, pero desde un punto nacionalista es lo lógico y acceptando algunas de sus primerizas reivindicaciones se podía prever que acabarían en esto.
    Con lo hermosa que es la lengua española!

  12. son siempre los politicos los que arrojan sin para la leña al fuego, y nosotros como corderitos en manada caemos en el pilon. un saludo

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