Junto a la extraña ocurrencia del juez Gómez Bermúdez de limitar la libertad de expresión para proteger el secreto sumarial me cae en las manos un escalofriante despacho procedente de la prensa egipcia que, salvadas todas las distancias que sea menester, como es natural, relaciono de inmediato con una propuesta que, en el fondo, no es más que el viejo recurso del tapabocas. Resulta que un pastor beduino que pastoreaba por el desierto del Sinaí habría sido condenado a perder la lengua a manos del verdugo por haberle formulado ciertas proposiciones obscenas a una pastorcita con la que coincidió en aquella soledades, sentencia primitiva que incluye la alternativa de salir ileso del trance a cambio de un determinado número de camellos, creo que cuarenta cabales, que, como indemnización, habría de entregar a la ofendida. Son arcaísmos que no resultan nada llamativos en el contexto de la Justicia militar, que es la que rige en la zona, y de la que tal vez habría que decir lo mismo que Clémenceau afirmó de la música regimental, pero que van perdiendo sentido a medida que las sociedades se civilizan hasta resultar inconcebibles en el ámbito democrático. Aunque la verdad es que ese celo que le ha entrado al juez del 11-M debería tener en cuenta que a la tantas veces escandalosa transparencia de los secretos sumariales no hay que buscarle otro origen que el de sus propios custodios. La extravagante y perniciosa imagen de los “jueces estrella” debe lo que no está en los escritos precisamente a esas filtraciones interesadas que, por fas o por nefas, se han prodigado durante los últimos años a medida que la vida pública se ha ido judicializando hasta convertir los asuntos juzgados en noticia. Nadie en sus cabales, y menos que nadie un juez con experiencia, podría dudar de que la fragilidad de ese secreto, tan necesario como abusado, se debe a la connivencia de sus propios guardianes, jueces incluidos, porque no es discutible que quienes han convertido en luminoso escaparate la cámara oscura de la Justicia no vivaquean fuera sino dentro de los Juzgados. Que cada palo aguante su vela, para empezar.
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Es tan lógico que los juzgadores aspiren al monopolio de la información como que los medios pretendan acceder a ella en beneficio del criterio público. La información es un derecho, no es preciso recordarlo, y un derecho que no debe tener otros límites que los que imponga la prudencia, pero insisto en que a quien habría que recordarle lo uno y lo otro es a los que tienen en sus manos el sumario secreto más que a quienes de ellos reciben la filtración. Parece una conquista definitiva de la civilización el haber logrado superar que una ofensa de palabra se pague con la pérdida de la lengua, desde luego, y de manera parecida lo ha sido también el logro de que el derecho del ciudadano a conocer lo que sucede en su sociedad se haya visto consagrado por la evolución social. En el curioso sumario del 11-M, por ejemplo, seguro que el tribunal habrá podido encontrar motivos de preocupación muy superiores a la eventual difusión de sus contenidos, pero lo que en modo alguno es razonable es que la imprescindible regeneración de esta justicia politizada se cifre en una simple propuesta de silencio en torno a un escándalo tan clamoroso. La Justicia democrática tiene sus incomodidades, qué duda cabe, y entre ellas está la de mantener el máximo de transparencia compatible con el buen funcionamiento de sus trabajos, lo mismo cuando al juez le apetezca divulgar sus secretos que cuando no le cuadre. Por lo demás, y sin discutir la funcionalidad del secreto del sumario, parece claro que la Justicia es también cosa de todos. Alain decía que nunca tendremos demasiados críticos de la Justicia. Y decía también que ellos eran la sal de la sociedad.

1 Comentario

  1. Pues nada, nada. Que vaya el Curro Desatinos, el Pâyâso Circunfl y Carod-Foca-Rovira preparando los papeles para entregar el Andalus Norte -hasta Toledo, ya saben- al sobrinito del Borbón, para que cuando gane allí un partido de esos coránicos, le corten la lengua a un albañil que ayer bufó un exabrupto sobre mi nalgatorio. Me voy a hacer una burka estampada que José Luis y José Víctor a mi lado, dos modistillas.

    El telepredicador mañanero -lo oí antier mientras hacía mi pilates matutino- llama Yul al Gómez Bermúdez, ‘perote’ él, y pienso que hubiera quedado un plano divino si hubiera sido el evento al aire libre y, como en las garzonadas, un helicóptero judicial y otro con las cámaras hubieran sobrevolado el show.

    ¿Se acuerdan de aquel chico del INI, sí hombre, cómo se llamaba, hermano del MAFO? Maldito Alzheimer. Hoy con los móviles hubiera transmitido en directo los consejos de ministros ucedeos para Blanco Productions&Enterteneiments.

    País de porteras, con el mayor respeto para las empleadas domésticas de portales y escaleras. Los mayordomos largando tomate de sus señoritos y los jueces filtrando -con lo que llevo pasado impermeabilizando una azotea- cositas a según quien convenga en cada momento.

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