Cuando nuestro filósofo del siglo habló de la “rebelión de las provincias” sabía de sobra que estaba cabalgando sobre una metáfora imposible. Las “provincias” en España –o sea, todo lo que en el mapa no es Madrid—han sido siempre, incluso a pesar de la autonomía, meras terminales orgánicas de un poder central. Y si no, a ver cómo se explica que las dos patas históricas del “poder andaluz” –como decían ingenuamente los herederos del blasinfantilismo–, a saber, el PSOE y el PP, anden hoy partidos por la mitad y con un cabo aquí y otro en la metrópoli. Autonomía significará sin remedio “sumisión” si el “Gobierno del cambio” no consigue explicarle el teorema a quienes se mantienen fiel a esa tradición tan española que es el caciquismo sujeto a distancia por una descarada mano visible.

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