Coincidiendo con la crecida antisemita provocada aquí y en todas partes por la locura del Líbano, llueven las alertas este verano en la católica Italia (en los dos sentidos del término) a propósito de la creciente presión migratoria. En un solo día, Roma se estremece con el asesinato de un pakistaní a manos de un compatriota suyo, vendedor ambulante, que lo mató salvajemente “porque no era un buen musulmán”: cubo de agua hirviendo, golpes de maza y, finalmente, un tajo seco en el cuello acabaron con la vida del tibio creyente, lo que ha despertado sobre la marcha la lógica algarabía, aumentada de tono cuando desde Padua llegaba la noticia de que un grupo de magrebíes había convertido el cementerio en improvisada ducha para aliviarse de los rigores de la canícula. El propio Bossi ha aprovechado la coyuntura para alertar sobre la ola de bárbaros que se avecina y el diputado Calderoli para lanzar una encendida proclama con la consigna de que las fuerzas vivas de este país jamás lo entregarán al islamismo, propósito que empieza a ser creíble a la vista del muro de ochenta y cuatro metros de largo por tres de altura con que la autoridad ha cercado precisamente en Padua el conflictivo gueto de los inmigratas –aquí se sigue diciendo ‘extracomunitarios’ para extremar la corrección política– conocido irónicamente, en la ciudad del Giotto, de Petrarca y de Galileo, como “la Serenísima”. Que no tragan, eso es lo que hay, que ya no es cosa reservada a los chulos de la Liga del Norte y sus socios fascistas, sino que la xenofobia se abre paso a grandes zancadas en todos los paisajes ideológicos, cada loco con su tema y cada cual con su argumento. El Muro de Padua, como el de Ceuta, expresan mejor que todos los discursos la doblez de un mundo que predica la solidaridad pero que no está en absoluto dispuesto a pagar por ella su tal vez prohibitivo precio.
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Todas las migraciones masivas de la Historia se han resuelto en mestizajes o, cuando menos, en aculturaciones eficaces. Los conversos españoles hubieron de adaptarse al clima al menos por fuera como los hugonotes franceses o los católicos británicos debieron hacerlo bajo los católicos o los puritanos respectivamente. Los EEUU o Argentina son modelos admirables de asimilación mutua y colectiva, como lo es, quiéralo o no, la propia España cañí desde tiempo inmemorial. Lo que no ha funcionado nunca ha sido el gueto voluntario, al auto-appartheid, eso que ahora se llama ‘milticulturalismo’ y de lo que no tenemos mejor ejemplo, por ahora, que la ‘banlieu’ parisina, modelo a su vez de las de tantas otras ciudades. En Soria y otras capitales del interior hispano funcionan hace tiempo bares exclusivos para colectivos étnicos (¿no se dice así?) que, como muchos entre nuestros romaníes, se mantienen refractarios a una asimilación cultural en la que ven más pérdidas que ganancias, quizá porque, en el fondo, esa fusión es más fácil de pergeñar en un despacho que de fraguar en la calle. Es un mito eso de “las tres culturas” que habrían convivido pacíficamente en Al Andalus por más que el politiqueo de todos los colores lo reclame con la boca pequeña y que Barenboim concierte trompas y clarinetes en La Maestranza. El muro que están levantando en Padua, como el que hace tiempo ya se yergue hirsuto en Ceuta, repito, desmienten ese prurito ‘buenista’ que propone una sociedad-puzzle en la que cada segmento cultural (lo de racial sería lo de menos, en última instancia) seguiría su camino al lado de un vecino intratable que profesa justamente las creencias antípodas. Hay un ‘surpluss’ de sustancia mítica en el postmodernismo que cuando menos se lo espere se ha de dar contra un muro como el que acaban de levantar las autoridades de Padua para aislar a los “otros”.

3 Comentarios

  1. Tienes razón, eso de las “tres culturas” en plena armonía me ha parecido siempre una melaza para nuestra historia.

    ¡Habría poco odio escondido!, lo que pasa que si lo dejaban vivir mientras no dieran problemas, pues ellos lo hacían, no dándolos, quizás, pero no coincidiendo ni mucho menos en respetar al otro, simplemente aguantándolo.

    Esos ideales quedaban en Maimónides “and company”, pero no para el pueblo llano, que tendrían, salvando las distancias, los mismos problemas que hoy en día.

    Poco arreglo veo yo en este asunto, mientras cada uno de nosotros, incluido todo inmigrante, no tengamos una “EDUCACIÓN BÁSICA”, y me refiero a una enseñanza de escuela básica, eso que antes llamábamos “buenos modales” y que ya no se da, ni en las aulas ni en las casas.

    Y antes que todo eso, los que ya estamos, tendremos que aceptar con todas las consecuencias el hecho de la “inmigración” y el “porqué” de la misma.

    De todas formas, la conciliación y el ajuste son bastante difíciles, ya iremos viéndolo en el camino.

  2. 00:10
    Las tres culturas no convivieron pacíficamente sino en un difícil equilibrio hasta que la más tolerante, los musulmanes de entonces, fueron eliminados por lo fundamentalistas intolerantes, los cristianos de entonces.

    Ahora estamos en el mismo proceso pero invertido. Los cristianos modernos se han hecho tolerantes, muchos de ellos descreídos y otros ateos mientras los musulmanes modernos se han hecho fundamentalistas fanáticos e intolerantes.

    Nuestra civilización está aceptando, desarmada por sus propias leyes, a aquellos que la odian y desean destruirla.

  3. 09:47

    Discrepo, don Elitróforo. Tal vez los árabes de nardo, nacidos al arrullo de las fuentes y mecidos en la brisa de la tarde, fueran tolerantes por indolentes. Cosa de la caló.

    Pero vinieron “oleadas de sarracenos y nos molieron a palos”. Eran bichos sanguinarios (almohades=al-muyaidines) que pasaban a sangre y fuego cualquier ermita y a sus freires y violaban a las castas doncellitas bautizadas mientras atragantaban a sus padres o hermanos con el contenido de sus propios escrotos.

    Creo haber dicho ya, Epimorcilla, que el Maestro nos propone cuestiones complejas y nosotras en diez renglones -servidora más, cosas de la verborragia- pretendemos cuadrar el círculo imposible.

    Lo cierto es que más a trancas y barrancas de lo preciso, en Expaña, por ejemplo, hace poquito, logramos, occidente digo, separar en lo posible lo divino de lo humano. (El Bushito aún sigue considerándose poco menos que el portavoz de su dios). Allí, donde sabemos, los chalados de la babucha y el turbante ordenan tirar cohetillos sintiéndose guiados directamente por los designios del Misericordioso. (Creo que vamos de nalgas. Al tiempo).

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