Como si no tuviéramos problemas bastantes, dentro y fuera de nuestra piel de toro, los españoles andan enzarzados estos días en una ardua discusión: ¿son legítimas o no lo son las “primas”, es decir, los estímulos económicos que, más allá del marco reglamentario de una competición, unos contendientes ofrecen a otros para que, encarnizadamente si preciso fuera, acosen a sus rivales directos despejándoles el camino? No se discute, menos mal, que “primar” a un equipo por dejarse vencer es una acción punible desde cualquier punto de vista, pero sí que se porfía, y mucho, sobre la licitud de esas “primas” cuando sólo exigen la victoria. No sabemos, por ejemplo, si el Real Madrid habrá primado al Levante para que con su sobreesfuerzo le quite de delante al Atlético, como ignoramos si el propio Madrid primará al Málaga para que detenga al líder actual o si el Barcelona hará lo propio con los equipos que aún deben competir con sus rivales, pero va siendo ya doctrina común que esos estímulos “positivos” no constituyen ninguna trampa sino una acción legítima. La corrupción no es una tromba súbita que se abate sobre una sociedad sino un chirimiri que empapa poco a poco el cuerpo social hasta dejarlo bizcochable, y en un país en el que apenas hay ya institución a resguardo de esa llovizna, lo raro sería que un negocio tan explosivo como el fútbol resultara una excepción a la regla.

¿Quién estaría en condiciones de pedirle cuentas a esos tramposos en un momento en que aquí no queda casi nadie libre de sospecha, por no decir que consta la corrupción desde las más altas instituciones del Poder hasta las cercanas y casi familiares concejalías de nuestra vida local? Otra cosa sería debatir si es posible mantener las manos limpias cuando el deporte se convierte en negocio, en un negocio que tiene, como otro cualquiera, su cuenta de resultados y, ni que decir tiene, que también su “Caja B” junto a la transparente. Cierto que la idea misma de la “recompensa” corrompe la competición porque permite a los competidores ricos lo que los otros no podrían permitirse, pero ¿quién ha dicho que esos competidores hayan de ser cumplidos caballeros? En todo caso, el país tiene tema largo para discutir, es decir, para distraerse mientras aguardamos esperanzados a que la próxima EPA se muestre benigna. Nada como un debate empíreo para olvidarnos de nuestras cuitas. De Franco a Píndaro eso lo han tenido claro todas les generaciones.

4 Comentarios

  1. Primas ha habido siempre, como las hay en todos los negocios en que rige la competencia. ¿Vamos a extrañarnos de que el sistema beneficie sólo a los ricos? Yo creo que eso es una ingenuidad.

  2. Nos duelen ya los centros de comprobar cómo las coimas, los maletines, las comisiones y las astillas son nuestro pan de cada día. Y no creo que nuestro Anfitrión haya disparado por las buenas por elevación como un buen artillero. No lo necesita. Deja bien claro que consta la corrupción desde las más altas instituciones…. Bien. Contemplemos la pirámide del Poder y concentremos la mirada en el vértice superior. Apuntaba el “diariorc”, fundado por el inefable ‘Trevi’, que nuestro royal “recibió a finales de 2011 como regalo de una monarquía árabe un total de cuatro automóviles marca Ferrari cuyo precio supera el millón de euros”.

    Para que luego nos vengan con el cuento de que el cojo anda por ahí sacrificándose y sufriendo por el bien de nuestras empresas y empresarios. Cuando ello no es sino la confirmación del triste refrán de que quien se bautiza es porque tiene padrinos. Y de que ‘il padrone’ se lleva su buena lasca. Que nuestras empresas no ganan concursos (!?) y obras por su mérito y valía sino por el morreo que se traen esos artistas. Luego allí, por aquellos desiertos, se practica la esclavitud obrera. Nos ha jodío Noé con los chubascos.

  3. Yo creo que las primas deberían ser legítimas porque son inevitables; éso sí, con el IVA, el IRPF y publicadas.

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