Una influyente marca cosmética está consiguiendo esta temporada imponer en el gran mundo de la moda la exhibición de las canas. No las ocultan ya, antes las exhiben, estrellas como Georges Clooney o Meryl Streep, aunque disidentes de la moda como Demi Moore acaban de confesar que mantienen con esas nieves del tiempo, pinza en mano, una dura batalla. No me parece caprichosa esta vez la elección de la moda, sino ilustrativa de una sociedad seducida por la originalidad que, como comentaba hace poco alguna historiadora gala, ha decidido apostar por lo desvalorizado como signo de una nueva cultura, consciente de que en las posibilidades de su estética entra de sobra la capacidad de disociar la apariencia de la realidad, permitiendo, por ejemplo, entender que unas canas bien llevadas para nada implican decrepitud ni siquiera decadencia. Volvemos quizá al prestigio de la madurez, al respeto inmemorial por esa seña de superioridad moral que vio siempre en la blancura del pelo la comunidad primordial, prácticamente en todas las culturas conocidas, y que poco tiene que ver, en todo caso, con la amanerada sofisticación de la “estética blanca” que hizo furor en el mundo “ilustrado” de las albas pelucas y los polvos de arroz. Esa moda funciona hoy sobre una fuerte ambigüedad, favorecida por el progreso de la conservación física, que ha sido capaz de propiciar la imagen del maduro atractivo y de la matrona seductora, asistidos uno por el milagro de la química (el viagra ha hecho realidad al filtro de amor) y la otra por una biología capaz de prolongar casi indefinidamente su pubertad. En un mundo donde la virilidad ya apenas caduca y en el que la maternidad reproduce los prodigios bíblicos, las canas han liquidado su connotación fatal mientras que el mito de la experiencia gana puntos a ojos vista. Tengo la  sensación de que la Moore no se ha enterado de qué va la película.

 

No cabe duda de que el desprestigio de las canas ha sido siempre la traducción del desprecio productivista que veía en ellas la seña de la disfunción, pero curiosamente tampoco es dudoso que, paralelamente, desde el venerable homérico hasta el druida celta, en ellas se haya visto siempre el signo venerable de cierta superioridad moral. La novedad estriba ahora en que esa seña no marca ya al anciano sino al maduro, de cuyo perfil ahuyenta (como hemos vista tantas veces en los anuncios del comercio o en los carteles electorales) cualquier rastro de inmadurez, considerado por el marketing como poco favorable para la estimativa general. Nada, pues, de rescate de la viejez, sino de prolongación de la juventud. Si hay algo que no han cambiado estos tintes es la lógica de la dominación.

7 Comentarios

  1. Pues a mi ya avanzada edad todavía no me han salido las canas, ¿Pero cuándo se van a poner de moda las calvas.?

  2. Mi don Griyo, hace tiempo que las calvas están de moda: las puso así Yul Brynner si recuerdo lo que decía mi madre al animar a mi padre para que asumiera su calvicie. Y no digamos desde que Sean Connery luce sus graaaandes entradillas…..
    Tengo que decirle a don José António que luzco una pelambrera sal y pimienta y que su artículo me ha sabrido a rosas: por una vez que estoy en la vanguardia de la moda!
    Un beso a todos….que bien pocos son.

  3. La columna contiene una intención más profunda de lo que pueda parecer, aunque concedo que a mí, personalmente, me admniran más estos ejercicios auténticamente creadores en los que jagm aprovecha una anécdota para enrarmarse sobre ella y ayudarnos a ver más lejos.

  4. Hace tiempo que no recalo por aquí. Me alegra hacerlo hoy, en que hay menos concurrencia y dado que el tema es simpático. Yo también me apunto a estas aparentes superficialidades vque le dan a la columna de este rincón si tobno ensayístico y, por lo común, le permiten lucir su empaque cultural. Muchas veces las he propuesto a mis alumnos (universitarios) y he comprobado su interés.

  5. Pues yo soy un gran aficionado a escuchar las historias de los que “peinan canas” (siempre que su discurso no caiga machaconamente en el autobombo, pero ese defecto no es privativo de los viejos) y que para mi suele ser un placer escuchar lo que cualquier persona tenga a bien contar de sus experiencias y circunstancias de épocas pasadas. En una de ésas me enteré, por ejemplo, que mi abuelo (fallecido hace algunos años) era un lector experimentado del Quijote, a pesar de que su profesión -ferroviario- nunca apuntase indicios de esta afición literaria. Al parecer, en sus largos ratos de espera le pegaba al librito del ingenioso hidalgo a base de bien.

    En cuanto al valor del anciano en nuestra sociedad de consumo, decir que sólo es cuestión de tiempo que los genios de márketing (y de las finanzas, vean si no el arraigo creciente de las hipotecas inversas) les pongan en el punto de mira para sacarles todo el dinerito que puedan: ni más ni menos que como al resto de los mortales más jóvenes. Pasará, en este sentido, algo parecido a lo ocurrido con los teddy boys de los 50, que el mercado verá que tiene un filón en este segmento de edad hasta ahora sólo explotado en programas del tipo “Sabe vivir” en la franja horaria matinal y algún que otro productillo milagro.

    Por lo demás, creo que valor de la madurez en el terreno profesional consiste – a tenor de la creciente invasión de jóvenes en puestos de responsabilidad- en quitarse de enmedio de forma discreta y elegante para dejar paso a mentes más maleables. Eso que ganan.

    Sdos cordiales

  6. El descrédito de la experiencia –de la edad– es uno de los grandes signos de las sociedades modernas, y viene impuesto por la propia índole de estas sociedades industriales, tan trepidantes y alocadas, en las que el ánimo sereno tiene mal arraigo o mal puede cumplir su papel. El anciano –si no es rico heredable– se ha convertido en un simple estorbo o en un auxiliar doméstico. Hace pocos día sleí la notician de que los abuelos casi pasan ya tanto tiempo al cuidado de la prole como las abuelas. Para que las madres`puedan con su doble sueldo pagar esa hipoteca que…

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