Según un reciente informe de ‘The Economist’ (14/06/08), el ministro de Educación de Hong Kong, Suen Ming-yeung ha decidido abolir la medida que obligaba a gran parte de la excolonia británica a enseñar en la “lengua madre”, o sea, el cantonés, para restaurar, a partir del próximo curso, la enseñanza del inglés –“la lengua del opresor colonial”, dice la revista—ante al evidencia del deterioro de la enseñanza y la lógica necesidad de entenderse adecuadamente en una plaza cosmopolita como es aquella roca y, sobre todo, forzado por la presión de las familias que han constatado la dificultad profesional que el monolingüismo ha acarreado a sus hijos. Comentando el hecho con un amigo bien viajado me recuerda el caso similar ocurrido en Madagascar cuando, a mediados de los años 70, el tirano Ratsiraka tuvo la ocurrencia de extirpar el francés de las escuelas para sustituirlo por el patriótico malgache, medida absurda que apenas en cuatro años debió dar marcha atrás ante su fracaso estrepitoso. Hay muchos ejemplos, por supuesto, con los que no vamos a cansarnos ahora, pero basten estos dos, tan elocuentes, como contramodelo que bien pudiera servirle a los mamelucos del monolingüismo forzado, respaldado ahora por el apoyo explícito del zapaterismo en su actual congreso, a pesar de la contundente sentencia del TSJC que obliga a respetar en Cataluña el mandato legal de impartir siquiera tres horitas de clase en español. No tiene precedentes este ataque al idioma de todos bendecido por el Gobierno, pero es más que probable que el disparate de la lengua vernácula única y obligatoria, de llegar a imponer su férula, acabe como los anteriores, retrocediendo al imprescindible bilingüismo y comprobando que el idioma histórico, como cuenta la leyenda de san Emmeran de Ratisbona, siguiera predicando aún después de deslenguado. En Hong Kong, por otra parte, incluso se está proponiendo imponer como segunda lengua, junto al inglés globalizador, no a ese cantonés regional, sino el mandarín que chamullan mil doscientos millones de chinos. La expectativa nacionalista es siempre de corto plazo. Su extravío histórico debe de ser la causa de su ceguera de cara al futuro.

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Que un partido de gobierno se posicione en contra de la lengua nacional que establece la Constitución posiblemente es un caso único. Nadie más crítico con el nacionalismo irlandés que un Joyce que hoy es venerado en su nación como un héroe nacional y al que en Dublín se le dedica un culto rayano en la beatería, aparte de que esos nacionalistas han luchado a muerte durante decenios contra Inglaterra pero sin dejar de hablar el mismo inglés que ahora ha facilitado a las nuevas generaciones su vertiginoso progreso económico. En España está creciendo esta temporada la enseñanza del chino, considerado por escuelas oficiales y privadas como un lenguaje de futuro, mientras desde el Poder se ampara y propicia la exclusión del español en la propia España como paso previo al proyecto de secesión que sus propios socios hace tiempo que no ocultan. Pero los organismos internacionales avisan de que la enseñanza vernácula está contribuyendo de modo significativo –en Cataluña, por ejemplo– al fracaso escolar y al bajo rendimiento cosa que a lo peor no inquieta a los fanáticos ante el ejemplo de un ‘president’ charnego que ha alcanzado su magistratura apenas con el bachiller. Tendremos que esperar unos años, pues, para ver si estos régulos de taifas deshacen el camino y acaban reclamando la gramática de Nebrija junto a la propia y flamante, tal como le ocurriera al sátrapa malgache y a los lugareños de Hong Kong. El narcisismo localista cuenta poco a la hora de comprobar la eficacia del idioma y se revela ridículo si de lo que se trata no es de establecer una lengua sino de excluir a otra. Montilla habla un catalán pésimo y no ocurre nada. Esa paradoja tendría que hacer reflexionar a los mujaidines del monolingüismo.

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