Raro otoño el que vivimos. Perdura el calor, el cobre de las hojas forcejea con el verde, se agostan aún más los regajos. España entera navega en la perplejidad, ofendida, medio quebrada –al parecer, sin remedio– pero atestada de turistas, eso sí, y con sus playas a rebosar. ¡El mundo al revés! Los sediciosos se pasean impunes ante el desconcierto de los contribuyentes, progresa la opinión de que el cisma catalán va para largo mientras el pleito de los EREs –hábilmente procesado entre bambalinas— se difumina sin prisa ni pausa, Andalucía se aferra a la cola de Europa y medio país se consume en llama viva. No es verdad que “cualquiera tiempo pasado/ fue mejor”, pero, sin duda, lo ha de parecer mientras las hojas muertas aplacen su imprescindible caída.

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