Canal Sur tiene, al menos, dos varas de medir responsabilidades entre sus trabajadores. Una, benigna y comprensiva, se aplica a los “adictos”, por ejemplo, al marido de la tránsfuga de Gibraleón, cuyo apartamiento de los informativos hubo de tragarse en seco su dirección tras recibir una llamada de Sevilla. Con la otra se le miden las costillas a cualquiera que se descantille y aleje, aunque sea milimétricamente, de la línea oficial y, en consecuencia, obligatoria. Vea el caso de Miguel Ángel Gea, vapuleado ahora con una grave sanción impuesta allá en el 2005 por una determinada imagen de Cartaya –pueblo del que es concejal por IU—que los comisarios políticos interpretaron como subliminalmente partidista. Que todavía haya quien se extrañe de que Chaves haya retirado, al cabo de los tiempos, la ley de reforma del ente es lo que resulta gracioso. Canal Sur es la “voz de su amo” y no se toleran ni distracciones. El pobre Gea acaba de comprobarlo mientras su partido le salva los muebles al PSOE, más allá de las protestillas formales y las quejas de rigor, por un puñado de dólares.

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