Cada día es menos opinable y subjetivo el juicio que merecen las dos juezas que han bregado con el festín de los ERE. Hay quien ve en la juez Alaya un espíritu implacable y en su sustituta una Penélope que devana paciente cada noche lo que su antecesora tejió a la luz del día, y habrá, quién lo duda, otros que contemplen ese panorama del revés. Lo que no admite porfías es el mangazo, los ojos cerrados ante la desaparición de tantos millones en manos encanalladas y la irremediable pérdida que ello ha de suponer para las necesidades andaluzas. Que el tiempo hará justicia es probable, pero esa presunción apenas reduce las dimensiones del escándalo que, para la inmensa mayoría peatonal, constituye el mayor latrocinio registrado en nuestra crónica política.

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