El profesor José María Alberich nos ha mostrado, en la Real de Buenas Letras, una apasionante panorámica de la Independencia, que, como es sabido, los británicos llamaron siempre la “guerra de la Península”. Una visión no poco desmitificadora que a algunos nos encocora aún  más con Wellington que la presencia de “El aguador de Sevilla” y otras joyas españolas en la colección de Apsley House, allá por Marbel Arc, junto al “corner” de Hyde Park. ¡Vaya guerra! Sobre una historia amasada de muchas fuentes, Alberich escenifica para los académicos la realidad de un oscuro conflicto, protestado en el interior por los “wighs”, fascinados por un Napoleón que admiraban lo mismo lord Byron o que lord y lady Holland –como en un anticipo de lo que, andando el tiempo, serían las secretas y altas adhesiones inglesas a Hitler–, un conflicto que para los británicos fue considerado como una guerra entre Inglaterra y Francia, es decir, simplemente, contra la hegemonía napoleónica. También como un precedente de guerras posteriores, Alberich nos descubre dentro del conflicto único dos guerras diferentes, pues por un lado, la soldadesca de ambos bandos prodigó su connivencia contra la población civil, y por otro se constatan unas prácticas de la oficialidad que parecen traducir la idea del “torneo” con toda su carga mítica y ritual pero que, en el fondo, no es más que un reflejo de la solidaridad gremial entre los aristocráticos oficiales británicos y el generalato plebeyo ennoblecido por Napoleón. Hay sitio en la guerra para la imaginación romántica de esos “espadones” que encumbran al enemigo apresado mientras desdeñan al pueblo por cuya independencia dicen luchar, escenas caballerescas y mimos artúricos, mientras la población era masacrada sin compasión y el país devastado por unos y por otros. Dos guerras en una. Como siempre.

 

Cada día acepto más la visión de nuestra historiografía contemporánea que ve en la Independencia toda una “revolución” social, por cierto bastante retrógrada en muchos sentidos, y en la que los británicos no vieron más que una excusa para dirimir sus diferencias con el amenazante “amo de Europa”. ¡La victoria de los Arapiles –ay, Galdós– fue lamentada por los liberales ingleses en nombre de la pobre España! ¿No decía Wellington que Bonaparte, eso sí, “moderado”, sería el mejor gobernante para Francia? La Historia, vista de cerca, no encaja con la versión distante. Alberich no lo ha dicho, pero se le ha entendido todo.

4 Comentarios

  1. Este hombre, nuestro Anfi, tiene la gallardía de proclamarse y con razón, un afrancesado. La juventud manda mucho.

    En mi excelente bachiller solo se llegaba a la guerra de la Independencia y nos conformábamos con los Sitios y Arapiles. Ay, Arapiles. Se me ocurre un día desviarme de la carretera y es solo un pueblón desgalichado, no recuerdo si con una lápida conmemorativa.

    Él no lo nombra, pero yo sí. Al rey José I de España, premier et dernière, al que se empeñaron en motejar. Botella, porque rebajó los impuestos de alcoholes, no por empinar. Plazuelas por las muchas que abrió, aprovechando huertas de conventos y dejando para siempre ya la de Oriente. Incluso un proyecto de museo Josefino, que luego el infame Fernando VII convirtió en el del Prado. Pero lo cierto es que reinó más de cinco años.

    Conociendo la sapiencia de los habituales contertulios de este rincón, sé que ellos saben mejor que yo todo esto. Pero me apetecía dejarlo escrito.

  2. Cierto, don Epi, pero no olvide la rapiña sistemática de las tropas de don José. De Soult, por ejemplo, el que desvalijó Sevilla, de tantos otros.
    Aquí, de todas formas, se hablaba de otra cosa: la de la guerra vista de cerca. Me interesaría mucho ver completa la exposición de ese profesor que nos llega avalado de sobra por la recomendación de jagm.

  3. Hoy sabemos mucho más de la Independencia porque nuestra historiografía ha revisado no pocos tópicos de un lado y del otro del espejo. Don ja me habló hace tiempo de este profesor Alberich, un trabajo del cual sobre los “casacas rojas” me hizo llegar y, en verdad que era estupendo. Espero que me remita éste ya que no le podemos pedir a esa criatura que cuelgue aquí cuanto lee. Lo de la con fraternización de las soldadesca es una estampa repetida en la triste historia de la guerra y lo de “los mimos artúricos” entre los jefes, para qué hablar.

  4. Pues a mí me ha interesado el asunto, que me encantaría conocer en su integridad. Algo había oído yo sobre esas confraternizaciones –por otra parte, propias de todas las contiendas– pero más raras en la enconada guerra de Wellington contra Napoleón, tan bien retratada, en efecto, en el Episodio de Galdós.

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